miércoles, 27 de agosto de 2008

El Círculo de Acero -Parte III- (by Din)

Asombrada por el misterioso final de la segunda parte de la historia que Chocolate había enlazado durante dos noches consecutivas –y a lo que se había acostumbrado después de aquel cuento de “la mujer del abrigo rojo”; la verdad es que tenía su encanto la forma en que dejaba la miel sobre sus labios de una manera meramente metafórica –se decidió a leer por fin el e-mail que él mismo le había enviado.
El asunto del correo anunciaba un “Encuentro”. Esto la hizo ponerse algo nerviosa, aún a sabiendas de que se seguía encontrando frente a una inofensiva pantalla de ordenador, tumbada en una cómoda cama individual, lejos de la crispación que le causaban las equivocadas decisiones de su padre. Pensar todo eso no impidió que notara su corazón acelerarse.
Clicó en la palabra en negrita para abrir el enlace y comenzó a leer en voz alta en cuanto se cargó la nueva página:
- Me cuesta más de lo que piensas escribirte este mensaje. Parece mentira que lleve escribiendo para ti desde hace casi un año, todas las noches sin excepción, para que tus recuerdos caigan en un olvido momentáneo mientras surcas “otros mares”. Sin duda, más de una vez te habrás preguntado por mi identidad, pero desestimaste la idea de ponerte en contacto conmigo por razones acertadas seguramente. No era el momento, simplemente. Y yo me sentía muy a gusto así. Pensando durante el día el cuento que te contaría por la noche, como si estuviera sentado en el borde de tu cama, y tu permanecieras escuchando durante unos minutos, con los ojos abiertos. Casi al final, caerías en un irremediable y, a la vez, el más buscado sueño. Unos sueños que fueron eso: fantasías y no redes en que se agolparan tus tristes y, una vez, actuales recuerdos. Sólo buscaba unos minutos del día en que no te atormentaras por lo sucedido.

Nata dejó de leer por unos segundos. Chocolate tenía que conocer la historia de su madre. Se estaba refiriendo a ello continuamente: el haber iniciado el blog justamente a su muerte, hacía casi un año como acababa de leer. ¡Qué ilusa cuando sólo se le ocurrió pensar que era una bonita casualidad!
Chocolate nunca había afirmado en el primer y único e-mail que le envió antes de la creación del blog cuál había sido la razón verdadera de aquella acción, pero en este nuevo correo, las cosas quedaban más claras.
Tenía que conocerla personalmente para saber el alcance de cómo le había afectado la marcha de su madre. No sólo, como había pensado en un principio, averiguar su apellido, el cual usaba ya como nombre de pila perpetuo.
- …por eso –continuó la lectura –te emplazo a que nos encontremos el próximo viernes. No podría aguantar más que nuestro único contacto sigan siendo unos simples caracteres informáticos, si bien es verdad que correctamente conjuntados pueden llegar a obrar milagros en forma de historias. El lugar y la hora vienen abajo indicadas, si te sientes con la suficiente fuerza como para conocerme por fin.
Nata tragó saliva para que su corazón no se colara a través del esófago para acabar fuera de ella y enfatizó especialmente las últimas dos palabras del correo:
- Te espero.



Cuando Seis explicó con ese énfasis dramático expuesto al final de toda su tragedia que quería morir porque se estaba muriendo, se produjo un segundo silencio intenso tal como el que me había acompañado hasta sentarme en el asiento destinado al número de mi máscara. Los demás estarían pensando quizá lo mismo que yo: podría ser la razón más convincente dentro de las que habíamos reunido en esa sala oscura aquella tarde.
Por eso el silencio sólo pudo ser resquebrajado por la misma persona sobre la que sobrevolaban nuestros pensamientos.
- Me ha venido a la mente una cuestión… -dijo dejando de mirar a la mesa, absorto él mismo en su historia, y escaneando cada una de las caras que le observaban, ahora que se había dado cuenta -¿Por qué formas tú parte del círculo? –tras unos segundos en que pareció que la pregunta había sido lanzada al aire, a todos nosotros sin excepción, Seis giró su cabeza hacia Uno.
Éste al principio se sorprendió pero después sonrió como si acabara de comprender algún imposible teorema matemático cuya solución estuviera dentro de su mismo nombre y agradeciera la astucia del autor.
- Bueno, yo, como todos ustedes, estoy sentado en esta mesa y atabiado con una máscara similar. Supongo que es justo que conozcan también mis razones aunque sean fáciles de explicar y de entender, bajo mi punto de vista, claro.
- O también –continuó Seis mezclando el sarcasmo con sus intenciones –porque voy a ser yo quien le mate. Y como usted mismo dijo: “Sólo por el hecho de que voy a ser yo quien va a matarle, podrías obviar cualquier otro motivo y simplemente empezar a hablar”
Admiré su memoria al recitar las mismas palabras que el anfitrión le había soltado minutos antes para instarle a contar su historia y reí para mí. Sólo que Seis pareció darse cuenta.
-Y podríamos ya seguir en orden ascendente, para no tener que buscar razones absurdas para comenzar a hablar –terminó, esta vez clavando su mirada en mí.
- Está bien, está bien… -Uno intentó empujar un pesado objeto con sus manos abiertas y los brazos alargando, como pidiendo calma a ninguna palabra alzada que se hubiera escuchado en aquel tétrico lugar y que no hubiera venido mal para que el acongojante mutismo continuara haciéndose con nuestros músculos impidiendo cualquier movimiento por nuestra parte -…pero ya le he dicho que mi razón únicamente es que todo salga como está planeado y que en el intento nadie salga perjudicado.
- Pero de eso puede asegurarse, digamos…desde fuera, ¿no? –argumenté yo.
Seis asintió como apoyando mi pregunta-opinión y volvió a esperar la contestación de Uno.
- Sí, es cierto. Pero por mucho que me asegurara de que todo saliera bien desde fuera como usted dice, número dos… -tragó saliva para seguir hablando -…seguiría estando por fuera de la legalidad el aceptar este suicidio colectivo. Si se descubriera de alguna manera, el que acabaría entre rejas por haberos ayudado a liberaros de esa presión que ahora os subyuga sería yo. Y tampoco estoy dispuesto a eso.
- ¿Me está diciendo que la única razón para morir esta tarde con nosotros es no someterse una vez acabado todo a la increíble fuerza de la justicia española? –bromeó Seis.
- Pues sí… -afirmó Uno sin darle importancia al tema.
- Pero si sólo quiere que todo salgo según lo planeado, ¿por qué no ha planteado otro final? –saltó desde el otro extremo de la mesa Cuatro –Quiero decir… ¿Por qué no ha pensado simplemente qué hacer después con nuestros cadáveres? Ya nos dijo previamente cuando llamamos por el anuncio que no comentáramos nuestras intenciones de venir aquí…
- ¿Saben lo complicado que es ocultar cinco cuerpos? La verdad que he estudiado todo lo habido y por haber… -noté que Uno comenzaba a sudar a mi izquierda mientras intentaba explicarse.
- Pero se nota que tiene dinero… -habló ahora Tres, a mi derecha –Sólo hay que ver este caserón…
- Sólo me cabe decir que esto es lo único que se me ha ocurrido para que todo fuera a la perfección, para cerrar el círculo, para que consiguieran su objetivo… -volvió a intentarlo.
Seis giró la cabeza hacia el otro lado, como si no creyera nada.
- Bueno, si prefieren, damos por concluida la reunión y aquí no ha pasado nada –Uno hizo ademán de levantarse pero Seis se lo impidió.
- No hay que tomar decisiones drásticas a la primera. No es que no me lo crea, pero, sinceramente, no podrá rebatirme que si terminamos ahora de contar cada uno la historia que nos ha traído aquí, la suya será la que más coja quede. No confío en que exista en el mundo un artífice de tal bondad.
Uno se revolvió en la silla para después, como si todo aquel ataque contra sus intenciones hubiera acabado en prórroga y dispusiera de la ocasión única de rematar el gol de oro, contestar a Seis.
- ¿Y yo tengo que confiar en esa masa que tiene en el cerebro según usted y que no está aquí por otra cuestión? –disparó.
Seis abrió la boca para rebatir el golpe pero pensó que en aquella batalla o empataba –y pensaba como yo, que Uno podría tener sus ases escondidos debajo del infinito tablero de madera plagado de botones automáticos. Total, el único resultado que nos contentaría, fuese cual fuese la razón primera del anfitrión, era acabar muertos una vez dieran las seis –o tenía todas las de perder.
- Touché –admitió sonriendo y posando a continuación de nuevo su mirada en mi máscara –Entonces le toca a Dos contar su porqué.
De pronto me vi observado por cinco caballeros negros de la orden de Venecia sonrientes, aunque por dentro sólo se mostraran expectantes, no felices. Incluso algo nerviosos, por lo menos los más cercanos a mi lado derecho, los cuales comenzarían a explicar sus razones una vez yo hubiera terminado.
Me di cuenta entonces de la presión de hablar en aquellos términos: aquella sala oscura, aquellos homónimos personajes, a los que un hilo negro a punto de ser cortado mediante una bala estratégicamente colocada me unía. Aunque sólo fuera por eso, comencé a describir mis pormenores siguiendo el modelo que había creado el doctor Escalante –irónico apellido para una carrera como la médica, en la que la malsana competitividad tiene que estar ligada sin excusas a la misma –y que no había continuado Uno sólo por alguna razón que él conocía…

<< Mi nombre es Emilio Castañer y una vez –para la historia hace milésimas de segundo de ello, para mis allegados fue ayer pero yo ya no recuerdo cuando comencé a caer –fui famoso… >>

- No se lo tome a mal –me interrumpió Tres posando su mano sobre mi brazo derecho como otorgándome un consuelo que no le había pedido –Pero es difícil poder reconocer a un famoso sin verle la cara, ya que es la que más familiar nos podría resultar.
Aparté mi brazo de su alcance y continué.

<< No soy ese tipo de famoso. Con los dedos de las manos puedo contar las veces que alguien me ha parado por la calle para pedirme un autógrafo. Siquiera habré firmado un centenar de ellos aún en actos reconocidos. Todavía la gente no se pone de acuerdo en si mi profesión puede ser considerada como la de deportista. La verdad es que los músculos que utilizo para mi deporte son mínimos, aunque las estrategias son fundamentales; y básicamente, por el tiempo que paso entrenando y compitiendo, mi vida transcurre sentado en una silla parecida a en la que me encuentro. El sudor es otro cantar: he acabado partidas bañado en él, cambiándome de camisa en cuanto el adversario me daba una tregua moviendo únicamente algún peón, y el olor que me acompañaba durante horas aún duchándome era insoportable para todos los que aguantaban a mi lado esos campeonatos interminables.
La verdad es que se lo debo todo al ajedrez. Recuerdo con ternura la primera vez que mi padre me sentó frente a un tablero y me obligó a no levantarme hasta que el rey contrario descansara tirado entre una casilla blanca y otra negra.
Al principio competía a nivel escolar; en mi colegio se organizaban torneos cada semestre y se repartían los típicos trofeos relucientes que se torcían en cuanto los mordías. Ni mucho menos comencé ganándolos todos: quizá ganaba el campeonato de invierno para después perder estrepitosamente en las primeras rondas del torneo de verano. Al año siguiente, escarmentado por los meses de castigo –impuestos por mi padre –en mi habitación, con la única compañía que mis piezas de madera, quizá ganaba un par de veces seguidos la copa, y después volvía a las andadas.
Mi padre siempre dijo que mi verdadero despuntar llegó con los campeonatos interescolares. A los mismos llegaban ojeadores de todo el país y quedaron por lo visto impresionados con mi técnica –una palabra curiosa utilizada para un mérito completamente cerebral. En aquel momento, lo ganaba casi todo. Las partidas me resultaban a veces incluso aburridas. Pero las estrategias que llevaba puliendo junto a mi padre durante esos primeros años eran infalibles en la mayoría de las ocasiones –en las demás, el fallo no era otro que mío, cosa que mi padre se empeñaba en recordarme durante los meses siguientes en el momento en que me veía despegar los ojos del tablero de juego.
Nunca 64 casillas significaron tanto para mí.
Ingresé en una asociación de ajedrecistas profesional de la capital y más o menos a la par se inició mi andadura brillante. Llegué a convertirme en el número mundial tan pronto que no me dio tiempo a digerir el éxito. Era tan joven entonces.
Recuerdo perfectamente los dos sonidos bien distintos que se sucedían como término de todas las partidas que jugaba en aquella época. El primero producido por mí mismo y el segundo por mi contricante anónimo –ya no me importaba la persona con la que me enfrentaba, su nombre, si acaso su nacionalidad. En los últimos tiempos, ni eso –que con un desganado movimiento empujaba con sus dedos a su rey, para que yaciera en el suelo como una perfecta metáfora del resultado final de la partida.
Dos palabras mágicas y el choque de madera contra madera resonando en mis oídos para la eternidad.
Jaque mate. La pieza más alta del ejército cayendo. Pom.
Jaque mate. Pom.
Jaque mate. Pom
Pom. Pom. Pom.
Las revistas entendidas me tildaban de genio. Había conseguido ganar en una mínima brecha de tiempo a todos los campeones nacionales de los países con más tradición ajedrecística del mundo. Me auguraban un futuro plácido en que los talonarios de los distintos concursos se sucederían a los jaques.
Diez años de gloria que se perpetuaban entre sí y que no parecían tener fin. Hasta aquel 12 de Abril.
Supe que era rusa tiempo después, ni siquiera una vez dada por terminada la partida. Llevé a cabo la estrategia elegida expresamente para la ocasión como siempre; ese día tocaba la número ciento treinta y tres. Teniendo en mi cabeza más de trescientas me daba el respaldo de poder usar cada día una diferente; así mis contrincantes no podían estudiarme totalmente nunca, no sabían por donde les iba a salir esa tarde. A él le quedaban únicamente tres piezas y mi último movimiento fue el estipulado de antemano.
- Jaque mate –dije serenamente mirando por primera vez en todo el juego a su cara. Me vi reflejado en sus lupas y esperé paciente a escuchar el “pom” sobre el tablero. Sonreí.
- Un momento –dijo la chiquilla moviendo el rey a su casilla aledaña –Ya está.
- ¿Cómo que ya está? –dije sin observar el tablero. Todavía esperaba el sonido del rey chocando contra el suelo.
- Que ya he movido, señor –me espetó con su voz aflautada. Era muy joven para haber llegado a la final. Me recordó en parte a mí –No era mate.
- ¿Qué…? –volví a clavar mi vista en las casillas de colores contrarios. Sus tres piezas blancas seguían intactas sobre las mismas, sólo que el rey se había movido hacia la derecha lo justo para que mi jaque no fuera imposible de regatear.
Recordé la estrategia ciento treinta y tres. Aquella posibilidad estaba contemplada. Sólo me quedaba hacer un último moviemiento con el alfil para encerrar para siempre al monarca.
Alcé la mano para coger el alfil. No estaba allí.
- ¿Dónde está el alfil…? –me apresuré.
- ¿Su alfil? –escuché desde el otro lado de la mesa. Comenzaba a martillearme los tímpanos aquel timbre infantil –Se lo he comido hace más de cien movimientos.
- ¿Cómo…?
En ese instante, una mano abierta cruzó el tablero para llegar hasta mí.
- ¿Tablas? –sonrió la niña mirándome.
Me quedé perplejo observándola. No podía creerme lo que la mocosa aquella me ofrecía. Rechacé su mano mediante un tortazo en su dorso y ejecuté un nuevo movimiento. Pocas eran las fichas que me quedaban contra ella, si acaso un par más.
Noté entonces que la muchacha se había levantado para estrecharme la mano, y al verme continuar se volvió a sentar casi compungida.
Se sucedieron movimientos inteligentes por mi parte y automáticos por la suya. Rey a la derecha, rey a la izquierda. Incluso, rey hacia abajo. Y vuelta a empezar.
- No puede ser… -susurré para mí. Llevaba ya incontables anotaciones en mi libreta después de aquel primer intento de victoria. Ninguna me había valido para repetir la situación.
- Señor Castañer… -murmuró la joven al comprobar que seguían sin darme cuenta del resultado final que había augurado una hora antes.
- ¡Cállate! –le espeté antes de probar una vez más con el caballo. Ni me acordaba ya de las veces que había intentado colocarlo más cerca del rey.
Dos horas después mi caballo seguía intentando galopar hacia el rey. Un camino sin salida del que toda la sala se había dado cuenta menos yo. Al final, las tablas fueron impuestas por el responsable del torneo.
- Lo siento mucho, señor Castañer, pero la partida tiene que terminar en tablas. No hay otra opción.
Moví una vez más otra pieza. De verdad que no había escuchado ni una palabra en boca de aquel señor.
- Señor Castañer, por favor… -se disculpó de nuevo, mientras la chiquilla le miraba sin saber si contestar a mi nueva ofensiva. Entonces noté cómo la sombra que continuaba a mi diestra intentaba llevarse el cronómetro de mesa.
- ¡¡Estése quieto!! –grité sin pensármelo dos veces, y arremetí contra su brazo, arrebatándole el reloj para volver a colocarlo sobre la mesa.
Por el arrebato, las piezas finales que continuaban de pie sobre el tablero –y que habían provocado todo aquello –se fueron al suelo estrepitosamente. Sólo pude observar su caída para después fijarme en los ojos de la joven, de mi contrincante.
Despedía miedo por todos los poros de su piel.
>>

- ¿La chica se convirtió en una gran promesa después de aquello? –me cortó la chica con la V en la frente. Me sentó mal que se interesara por su historia más que por la mía.

<< Después de esa noche, nunca más volví a ganar ninguna de las pocas partidas que jugué. Acababan como mucho igual que la última: en un enfado contra mi ego, firmando unas tablas que para mí siempre fueron peor que perder. La niña a la que me enfrenté es ya la primera mujer que llega hasta el número uno en las listas internacionales, y lo alcanzó antes de aquel muchacho llamado Castañer del que hoy nadie ya se acuerda.
No tardé mucho más en dejar por completo las competiciones y el juego que me había dado todo en mi vida. Me sumergí en mí mismo, la soledad de mi caserón e intenté lo que hoy he venido a hacer aquí.
Sobre una enorme alfombra que cubría casi hasta el último rincón del gigantesco salón coloqué una silla solitaria y me subí a ella. Lancé el extremo de una soga hacia arriba para que pasara a través de una viga de madera y até el otro cabo a una anilla que colgaba expresamente del mismo techo, a una distancia exacta para mi fin. Construí gracias a varios nudos en el primer extremo un anillo de soga en que cupiese mi cabeza y me subí a la silla.
Cuando fui a dejarme caer sobre la alfombra, despidiéndome de la silla, me fijé en el precioso tapiz que había escogido para aquella habitación años atrás. La alfombra dibujaba perfectamente las sesenta y cuatro casillas de un tablero de ajedrez, con sus correspondientes fichas de colores blanco y negro colocadas en sus respectivos recuadros. Si me dejaba caer en ese momento habría muerto sobre mi propio tablero de juego, y en el momento en que la asistenta volviera a casa después del fin de semana que le había dado de descanso y se encontrara con lo sucedido, llamaría a la policía. Éstos, sin cuidado, cortarían la cuerda y mi peso muerto caería sobre la alfombra, sobre el tablero.
Jaque mate. Pom.
Me di cuenta que no era eso lo que quería. O que no tenía fuerzas para hacerlo de aquella forma.
Deshice el collar recién formado para la causa y me bajé de la silla. Me acerqué a una mesa cercana para coger el periódico del día y no evocar por tanto los pensamientos de muerte que me martilleaban cada vez más fuerte. Salté directamente a la página de contactos: obviamente las trágicas noticias de un periódico nacional no iban a salvarme así como así de mis ideas. Una mujer previo pago sí podía hacerlo. Entonces leí el anuncio: Dibuja tu Game Over.
Pensé que el juego en que se había convertido mi vida desde el primer momento en que mi padre me obligó a coger aquel alfil de madera y me enseñóa moverlo de manera oblicua sólo podía acabar con aquellas palabras.
>>

- ¿Me estás diciendo que tú quiere suicidarte porque perdiste una partida de ajedrez? –pareció enojarse el médico.
Me sorprendí que no comprendiera mi situación y no respondí. Para él, fue una afirmación.
- ¡Esto es absurdo! –gritó el doctor Escalante a continuación.
- No lo crea, doctor –me defendió Uno –Existe un tipo de suicidio denominado perfeccionista. Se dice de ellos que no toleran una disminución de su belleza, o de sus atributos o resultados. Cualquier defecto o defecto social o monetaria con su persona, así como la pérdida del prestigio –que para mí es lo que le ocurrió al señor Castañer –puede desembocar en ese deseo de acabar con su vida.
- ¡¡ Pero somos gilipollas o qué!! –de repente el médico, Seis, se levantó de la silla –¡No eres capaz de reponerte de una simple partida de un juego tan estúpido como el ajedrez!
Yo no sabía a dónde mirar. Me sentía realmente observado e intimidado. Entonces, la máscara con el VI a la cabeza llevó su mano hasta el estuche de cristal de su lado de la mesa. Levantó sin problemas la tapa y extrajo el revólver para apuntarme directamente con él.
- ¡¡Número Seis!! –gritó sobresaltado Uno -¿Pero qué hace?
Instintivamente me levanté de mi silla. Noté más pesada que nunca la máscara negra que portaba, y retrocedí unos pasos. Me intentaba alejar de un cañón que se había vuelto a poner a la altura de mi frente una vez me hube aupado.
- Eres la persona más débil que nunca me he echado a la cara –habló seriamente contra mí, poniendo al descubierto quizá los pensamientos que le habían corrompido al tiempo que nos desvelaba su historia.
Como si fuera lo último que quisiera descubrir en mi vida, me fijé en su estuche de cristal. Un chicle de color blanco permanecía pegado en una de las esquinas del mismo. No es que se lo hubiera tragado como inicialmente pensé por el congojo de su relato. Lo tenía todo planeado para que su revólver estuviera todo el rato a su total alcance.
Para cometer lo que iba a hacer.
Sólo recuerdo una última palabra de su boca.
- ¡Débil!
Luego, el sonido infinito de la explosión de la bala en el interior de la pistola y una inconmensurable presión sobre mi frente. La bala había dado de lleno.
Siempre me pregunté cómo sería la transición hacia la muerte. En mi caso, los sonidos de mis últimos segundos se agolparon. Y en cuanto a lo que pude ver difícilmente a través de la máscara se sucedió tán rápido que pronto se convirtió en un color sólo.
Negro.

martes, 5 de agosto de 2008

El Círculo de Acero -Parte II- (by Din)

Dio un portazo para que sonara en toda la casa, pero sobre todo en el salón donde segundos antes se encontraban los dos cenando, y se diera cuenta de que estaba enfadada. Como lo había estado durante mucho tiempo.
Pero él ya no hacía nada al respecto. Y eso que era su padre.
Al principio había intentado defenderse de sus constantes críticas. Había argumentado con palabras por qué había hecho lo que había hecho. Pero ya parecía no afectarle.
O es que ya estaba afectado del todo y las palabras de Nata contra él ya no hacían efecto sumatorio.
No habían vuelto a tener una conversación pausada en que no saliera a relucir –siempre por parte de ella –la decisión que tomó. Y Nata, al recordarlo, no podía más que crisparse. Para ella no había razón posible para defender que no hubiera permitido ver por última vez a su madre.
Subió las escaleras todavía despotricando contra él –antaño por su madre; esa noche por unos guisantes mal cocinados –y se encerró en su cuarto procurando que el portazo también se escuchara.
En aquel momento sólo le apetecía encender el ordenador y conectarse para sumergirse en una nueva historia para poder dormir. Era curioso, pero Chocolate había llegado a su vida justo cuando lo había necesitado. Como una forma de olvidar a su madre, y más importante, de ignorar, por unas horas de sueño, y los minutos previos de lectura, a su padre.
Introdujo su contraseña para acceder antes a los mensajes electrónicos. Descubrió que tenía uno de Chocolate, cosa que no se había repetido desde el inicio de las historias, cuando todo se creó para ella, y se le presentó de esa manera como una válvula de escape.
Prefirió leerlo al final, justo minutos antes de meterse en la cama, y nadó antes por los mundos que había construído para ella aquel desconocido.



Noté cómo la primera gota de sudor se fusionaba con el acero del revólver que descansaba sobre mi sien, dando al conjunto la cualidad de emanar un frío húmedo que, al principio, me congeló el cerebro.
La imagen del círculo más extraño jamás creado perduraría en mi cabeza durante la hora y media que me quedaba de vida. Y ojalá hubiera sido menos. Rememorar el fotograma de seis máscaras venecianas de color negro, sin rasgos ni facciones que expresaran sentimiento alguno ante las pistolas que dispararían las balas que acabarían con sus vidas, sentadas formando una figura que, en otras circunstancias significaría la perfección absoluta, no era una sensación nada agradable.
Pero como había dicho Uno, el anfitrión de aquella tétrica reunión –las sedas negras que envolvían la estancia hexagonal, solamente alumbrada por unas tímidas llamas que ni siquiera ondulaban para intentar dar más luz al suceso –estábamos allí porque no nos habíamos atrevido –cada uno, con sus respectivos detalles –a matarnos.
Todos, en algún momento de la pasada semana, habíamos abierto el periódico como cualquier mañana. Y habíamos descubierto en nuestro trascurso de la lectura un ínfimo hexágono englobado en un rectángulo no de un tamaño mucho mayor en la sección de anuncios por palabras. A la derecha de los perros que se venden y a la izquierda de la venta de otros cuerpos –que también podían recibir el nombre de otros animales de indistinto género.
Estrictamente, ponía: “Para aquellos que deseen terminar, de una vez por todas, su partida. Dibuja tu Game Over”. Debajo, un número de móvil.
Sólo a una mente enferma se le podía haber ocurrido publicar aquel anuncio. Sólo a cinco mentes enfermas habían sabido descifrar lo que realmente anunciaba.
Cuando sonó el gatillo a unos centímetros de mi frente, cerré súbitamente los ojos, como si así estuviera realmente preparado para recibir la bala que llevaba mi nombre. Después, miré a las demás máscaras. Aunque sólo enseñaban sus ojos –y el masticar que pude notar en la máscara VI, como si estuviera comiendo chicle –noté el mismo miedo, que ahora mismo estaría dibujado en mi rostro, a través de ellos.
- Tranquilo, está descargada –comentó Uno al notar mi reacción –No será así a la seis de la tarde, claro –siguió explicando abiertamente –Esa es la hora elegida para que llevemos a cabo nuestra última acción en vida. Como han podido imaginar, en la simultaneidad de la misma radica la importancia del asunto. Si, por cualquier causa, alguno de ustedes –y yo mismo, claro –nos acobardamos en el último momento y no apretamos el gatillo…
- Estaríamos jodiendo a otro de los presentes –terminó el hombre de la chaqueta de pana, la máscara número IV.
- Exacto, le dejaríamos con el culo al aire –confirmó Uno –ya que no mataría al compañero de su derecha y le dejaría en la misma situación en la que se encuentra ahora, pero con cinco cadáveres a su alrededor.
- Dios mío… -susurró Cinco desde el lado de la mesa opuesto al mío –Qué horror…
- Por esta razón los relojes están perfectamente sincronizados –Uno elevó su dedo índice para señalar el reloj que colgaba de la pared de enfrente –Un dispositivo láser enlaza cada uno de los relojes, controlando así esta sincronización. En el momento en que alguno de los relojes se retrasa un microsegundo, el dispositivo lo percibe y vuelve a sincronizarlo con los demás…
Un fino hilo de color rojo se adivinaba sobre la seda negra, uniendo ambos laterales de todos los relojes.
- …Por eso es terriblemente importante que cuando veamos que el segundero del reloj que nos corresponde a cada uno llega al número 12, significando que son las seis de la tarde exactas, apretemos el gatillo de nuestras pistolas. Recuerden esto para cuando llegue el momento.
Todos habíamos dejado ya nuestras pistolas en sus correspondientes estuches de cristal en distintos momentos de la explicación, como si nos pesara el portar en nuestras manos las armas con las que acabaríamos –por una buena causa –con las vidas de nuestros homónimos compañeros.
- Vuelvan a coger sus revólveres –ordenó Uno –y saquen los tambores. Vamos a introducir ya la bala por si llegáramos pillados de tiempo a la hora señalada. Se hace así…
Mostró como sacar con un ligero movimiento el tambor de acero de las pistolas, y nos enseñó dónde debíamos colocar la única bala que había aparecido junto con el arma dentro del cofre acristalado. Tres, Cuatro y Cinco necesitaron que se acercara hasta su posición para conseguirlo.
- La bala tiene que estar en el agujero inmediatamente superior e izquierdo al revólver. Sólo así el arma cargará ese proyectil cuando llegue el momento –hizo lo propio con el suyo e introdujo la pistola en la caja de su lado –A continuación cierren sus estuches como yo, escuchando un ligero clic en la maniobra.
Dejé cuidadosamente, como si pudiese dispararse por una fuerza invisible, mi arma en el fondo del cristal y empujé sutilmente la tapa hacia abajo. Un sonido mecánico, como si una pestaña de hierro se encajara en la abertura idónea, se sucedió primero en mi estuche, seguido por similares en los de los demás.
- La cajas sólo se abrirán automáticamente a las seis menos cinco. Entonces tendremos cinco minutos para ultimar los detalles. Ya saben… esas cosas que se hacen antes de morir.
Me imaginé una ligera sonrisa debajo de la máscara negra que portaba el I.
Nadie se movía de su asiento, esperando que el anfitrión continuara hablando. La chica de la máscara V intentaba morderse las uñas sin resultado. La pequeña abertura que correspondía a la boca no lo permitía. Sin embargo, la mujer que a mi lado se sentaba, Tres, parecía bastante tranquila. No había venido tan “arreglada” para morir como los demás. El hombre del IV en la frente se había quedado satisfecho por fin con la explicación y ya no amenazaba con marcharse.
Al fin y al cabo, había venido por su propio pie.
- Mientras llega la hora indicada, podíamos pasar el rato conociéndonos un poco más… -reanudó el anfitrión el parloteo –Básicamente, los motivos que han llevado a cada uno a sentarse ante esta mesa podrían ser, digamos…interesantes para todos.
¿Qué mejor forma de pasar la última hora y media de vida que practicando el deporte nacional? Cotillear cinco historias ajenas a la mía, pero que acabarían de la misma manera me hizo asentir casi sin querer. Las demás máscaras también parecían de acuerdo en gastar aquel rato de esa manera.
Uno giró su cabeza hacia la izquierda, mirando a la máscara número VI.
- ¿Yo? –se sobresaltó Seis -¿Por qué tengo que ser yo quien empiece?
- Bueno, no hay una razón concreta… -Uno hizo como que se acomodoba en la silla –Pero sólo por el hecho de que vas a ser tú quien va a matarme, podrías obviar cualquier otro motivo y simplemente empezar a hablar. Tarde o temprano, te llegará tu turno…
Seis se dirigió a nosotros como aquel que mira al jurado que pronto va a anunciar que han considerado que es culpable. Me imaginé en su situación, sabiendo que el motivo de Uno podía llegar a ser muy bueno, y viendo como me observan cinco máscaras negras de la época barroca. Al final acabaría haciendo lo mismo que Seis, comenzar mi historia…

<< Me llamo Manuel Escalante, pero pocas veces me han llamado señor Escalante. En mi entorno, hasta dentro de mi familia, lo único que escuchaba antes de mi apellido era la palabra Doctor. Nunca en mi vida se me ha antojado investigar para realizar una tesis, con lo que ya se imaginarán cuál es mi profesión.
Pues ni la medicina que ejerzo desde hace casi treinta años me han librado de la enfermedad, la cual me rodea cada vez más. Me aprisiona y no me deja respirar.
Hace dos años, experimenté de nuevo una sensación maravillosa, la de la libertad. Aquella que perdí cuando llegó Daniel, mi hijo, al núcleo familiar. Y que se vio más reducida aún cuando nació mi pequeña Rosa. No me arrepiento de todo lo que he vivido con ellos, de los abrazos que les he dado, de la educación que he intentado inculcarles… Sus recompensas han proporcionado: Dani está haciendo un máster en el extranjero, muy importante y elitista; Rosa ha preferido seguir los pasos de su padre y pronto terminará la carrera y se convertirá en una cirujana ejemplar.
A lo que iba, cuando se fueron de casa para cada uno emprender sus caminos, Gloria y yo recuperamos esa libertad que perdimos tan jóvenes. Las cenas de empresa, con los compañeros del hospital, se habían transformado en íntimas salidas nocturnas con ella, como antaño, en que degustábamos deliciosas exquisiteces internacionales acompañadas de un gran vino, a la luz de cualquier luna, como antaño. El postre directamente lo servíamos en el dormitorio. Ya no me acordaba de lo que era capaz de hacer.
Precisamente esa fuerza que la caracterizaba entre las sábanas –y más importante, fuera de ellas –era la que me había enamorado en su día. Cualquier problema que pudiera haber habido durante aquellos veinticinco años a su lado se había vuelto una nimiedad con sus consuelos, sus palabras, sus consejos. Tenía respuesta y solución para todo, y yo siempre me había apoyado en esa cuestión en ella. No había ni un ápice de debilidad externa en su alma. Por lo menos, a mi simple vista.
Pero todo cambió al mes de comenzar esa nueva etapa de nuestra vida…
- ¿Y esto? ¿Qué me dices de esto? –dije yo rodeándola con los brazos para mordisquear su oreja derecha. De todas las zonas desnudas de su cuerpo tenía cierta debilidad por aquel redondeado lóbulo derecho. Era anatómicamente perfecto.
- Está bien, pero yo creo que se podría mejorar… -contestó ella mientras sonreía lascivamente tras haber sorteado un nuevo mordisco de mis labios –Tal que así… -siguió susurrando mientras descendía besando cada centímetro de mi pecho hasta llegar al ombligo. Se paró ante mi totalmente blanco slip e introdujo la uña roja de su índice, jugando a estirar la goma. Elevó la cabeza mientras seguía sonriendo. Su cara no había cambiado en demasía en esos años, y los aires de juventud que se adivinan en determinados detalles seguían a flor de piel, por lo menos para mis ojos.
Dejó el slip en su sitio y comenzó a negar con el mismo dedo con el que ya había tocado mínimamente mi sexo. Ese juego también había sido su preferido.
- ¿Cómo que no…? –reí yo antes de que ella volviera a acercar su boca hasta mi ombligo.
De repente, Gloria comenzó a toser sobre mi slip. Una última tos violenta que hizo vibrar mi cabeza cuando vi su producto sobre mi ropa interior. Ella también se llevó la mano a la boca, para sentir sus labios mojados de sangre.
>>

- Qué injusta es esta vida… -comentó en alto la chica del número V.
- ¿Qué le pasaba exactamente? –se interesó la mujer de mi derecha.
El doctor Escalante hizo una pausa en su narración a favor de la tensión propia del relato y después siguió. No estaba seguro, pero parecía que ya no masticaba el chicle que me había parecido haberle visto. Se lo habría tragado de la emoción.

<< Mis contactos en el hospital sirvieron únicamente para adelantar la tragedia. Aquella libertad de la que habíamos disfrutado durante un mísero mes –un mes que nunca olvidaré –se esfumó por la puerta de la consulta del neumólogo justo después de que la cruzáramos por primera vez.
- ¿Están ya los resultados, Javier? –pregunté a mi colega leyendo en sus ojos lo que me iba a empezar a contar en unos segundos. Más de cien veces había transformado mi cara en el rostro que él ahora mismo vestía para intentar comprender el dolor que iba a transmitir a mis pacientes a partir de ese momento.
- Me temo que sí, Manuel… -contestó sin mirar a Gloria, que ya se había sentado en la silla de la consulta. Se sentó mirando la carpeta que estaba abriendo, leyendo un informe que se sabría de memoria, pero cuyas letras no podían contagiarle el miedo que se dibujaba minuto a minuto en nuestros rasgos –No son buenas noticias…
Por fin, se levantó y fue a sentarse en el borde de la mesa para alcanzar a dar la mano a Gloria. Había vencido el miedo de hacer su trabajo cuando detrás de la mesa de los diagnósticos se encontraba un compañero y amigo.
- ¿Es lo que nos esperábamos? –pregunté yo tras ver que Gloria no dejaba de mirar la silla donde ya no se encontraba el doctor. Observaba la nada.
- Grado 3, sí… -respondió él apretando con fuerza su saludo hacia Gloria –Pero tenemos posibilidades, Gloria. Ahora tenemos que luchar con uñas y dientes.
Hacía días que a mi mujer ya no le quedaban uñas y los dientes no los había utilizado para nada más que para acabar con las primeras. Después se habían mantenido dentro de la boca, inservibles para masticar los alimentos que en su mente no entraban, desaprovechados para mascullar las palabras que no había querido decir.
>>

- ¿Tenía cáncer? –preguntó el hombre de la chaqueta, Cuatro.
Seis no se atrevió a responder y se llevó el puño a la boca. Parecía haber olvidado el detalle de la máscara que le impodía metérselo en la boca para liberar tensiones mediante el mordisqueo del mismo.
- Qué afortunada… -escuché hablar para sí misma a la mujer de mi lado, Tres. Luego negó con la cabeza y miró a su regazo, haciendo entender que las siguientes palabras que salieran de Seis como continuación de la historia ya no le interesaban.

<< El cáncer era inoperable por su tamaño y su potencial diseminación con lo que esa posibilidad se había descartado desde el primer momento. Después de pasar varias sesiones conjuntas entre los neumólogos y los oncólogos, se decidió que la mejor arma a utilizar era una quimioterapia totalmente ofensiva, potente, acompañada de unas dosis de radioterapia que ayudaran de alguna manera.
Yo supe el efecto que iba a causar todo aquello en mi mujer nada más salir de la última reunión en que se acordaron los parámetros en que ondularían las dosis. Gloria sólo lo pudo comprender un par de semanas o tres de que ya hubiera comenzado la devacle.
- Me ha dicho el oncólogo que ya tiene los resultados preliminares de las primeras dosis. No he sido capaz de leer sus conclusiones por teléfono. Si me lo hubiera dicho en persona no se me habría escapado…
- Manu… -dijo Gloria casi sin abrir la boca, como si se hubiera transportado de nuevo a la consulta del neumólogo, aquel día que recibió sin cerrar los ojos la noticia.
- Pero tengo la sensación de que no van a ser malas noticias, ya lo verás. Tienes que ser fuerte…
- Manu… -intentó una vez más Gloria recogiendo con el puño el empiece de la sábana. A medida que pasaban los segundos sacaba de algún lugar olvidado el ímpetu para arrugar entre sus manos la tela. Impaciencia.
-…tal como lo eras antes y que fue lo que más me gustó de ti, Gloria. Tu fuerza para pisotear y romper cualquier barrera…
- ¡Joder, Manuel! –gritó de repente incorporándose sobre la cama. Era una incorporación metafórica, ya que únicamente los efectos secundarios del tratamiento le otorgaban el poder inclinarse mínimamente –Estoy intentando decirte algo…
Vi como las primeras lágrimas comenzaban a mojar sus ojos. Unas lágrimas que no habían hecho en ella aparición salvo en momentos de alegría, ni siquiera en los dos meses que llevábamos ya con la opresión de la enfermedad sobre nosotros.
- …no tengo fuerza ya. ¿No me ves? –Gloria abrió los brazos, mostrando sus delgados antebrazos y las gomas de gotero que de ellos colgaban –¡La mujer enérgica que antes te hacía el amor todas las noches se ha ido!
- Tonterías, Gloria. Estás cansada de estar tumbada en esta cama por culpa de ese maldito tratamiento pero ya va quedando menos, cariño… -intenté disuadirla –Precisamente en el ánimo radica una parte importante de la quimio…
- ¡A la mierda el ánimo! –se enfureció más aún –Estoy agotada, sí… ¡pero de vivir!
- ¿Qué dices, Gloria?
- Que a mi también me afectan las cosas, Manuel. Siempre has estado con la historia esa de mi fuerza, de que yo todo lo arreglo, que si soy invencible, que es lo que te gusta de mí… -hizo una pausa para respirar y segregar más saliva. Cada vez le costaba más hablar por esa razón. -¡Pues entérate! ¡Tengo un miedo atroz! ¡A todo! La enfermedad, el tratamiento, las secuelas…¡Nunca me he sentido tan vulnerable y me ahoga esta sensación más que todo lo que pueda tener en el pulmón!
- Pero…
- ¡¡Así no quiero seguir respirando!! ¡Es tan irreal! –me cogió de la mano en cuanto estuve a su alcance –Por favor, hazlo por mí…
Al principio no comprendí lo que me estaba pidiendo y la miré con ignorancia en mis ojos. Después estos se transformaron en incredulidad. Por último, negué con los mismos a la vez que con la cabeza.
- Ya no soy la que era, Manuel… -dijo al final.
En ese momento, un hombre de mi edad atabiado con una bata blanca entró en la habitación. Llevaba una especie de archivador azul repleto de papeles que salían por todos los lados.
- ¿Interrumpo? –preguntó sin esperar contestación –Es que tengo los resultados que te comenté –se dirigió primero hacia mí. Abrió el archivador y miró a Gloria directamente a los ojos. Esta vez no había desvíos de mirada que valieran –El tratamiento está funcionando como nunca lo habríamos previsto. Las diferentes masas han reducido su tamaño en más de la mitad, Gloria…
- ¿Qué? –se le escapó a ella -¿Qué está diciendo…?
- ¡Felicidades, Gloria! ¡Tiene que estar contenta! –exclamó sinceramente exaltado –Hemos decidido acortar el tratamiento y sólo tendrá que llevar esos tubos unidos a sus venas algunas semanas más. ¡Está siendo todo un milagro, se lo aseguro! Es la comidilla de todo el departamento, Manuel…
- ¿Va todo bien, entonces… -pregunté yo sin creerme que aquel rostro había evolucionado en tan sólo unos días.
- Genial, diría yo –terminó.
- ¡Oh! –abracé a Gloria en aquel momento como nunca me hubiera imaginado hacer por toda la parafernalia que llevaba encima. Ya no importaba… La besé en la mejilla y ella me devolvió el beso por primera vez en tres semanas. Después, me dirigí a su oído.
- Lo has conseguido, cariño… -apretó aún más sus brazos contra mí a modo de respuesta -¿Me olvido entonces de lo que me acabas de decir?
Gloria se separó de mí durante un momento. Sonrió carnalmente como aquella última vez en la cama y asintió. Un segundo después volvía a tener la fuerza de sus brazos a mi alrededor.
>>

- ¡Qué bien! –animó Cinco –Al final todo salió bien…
Tres volvió a prestar atención y Uno apoyó los codos sobre la pulida madera pareciendo no entender nada.
Para sorpresa de todos, la máscara VI negó con la cabeza.
- Gloria murió cuatro días después tras tres en la UCI intentando remontar su maltrecho estado. La misma noche de la buena nueva tuvo importantes vómitos por el tratamiento. Por eso, su esófago se perforó. Uno tras otro, comenzaron a fallar sus órganos, debido al shock séptico que causó la rotura.
El frío que había corrido mi cuerpo se había convertido en una deliciosa ducha caliente comparado con el que ahora recorría mi espina dorsal. Y la de las demás máscaras por las poses inmóviles que imitaron unas de otras.
- Por eso estás aquí ¿no? –se dirigió Uno hacia Seis.
- En parte… -dijo –Hace unos días me han descubierto a mí una pequeña masa en el cerebro…
Dejó de hablar al entender que su historia ya había terminado. Ahora le tocaría el turno a otro. Aún así, la máscara VI se quedó absorta mirando el centro de la mesa, y después la pistola encerrada de su lado. Su mente no dejaba de dar vueltas a la última noche en la habitación del hospital con Gloria.
Pero esa historia, era sólo para él.

<< Notó una ligera vibración en su bolsillo. La alarma había actuado a la perfección. Deslizó con sigilo la manta que utilizaba en el butacón de la habitación del hospital para cubrirse y se levantó sin hacer ruido. Así mismo, cogió el cojín que le había servido de almohada durante aquellos días.Caminó hasta la cama de su mujer, que dormía más plácidamente que nunca por las esperanzadas noticias.
Ella misma lo había dicho y él mismo lo había visto. Sus ojos ya no tenían fuerza. Y él no quería una mujer débil a su lado. Los presidentes de gobierno, los alcaldes, los grandes artistas, los grandes médicos… todos debían tener gente fuerte a su alrededor por lo que pudiera pasar.
Y Gloria ya no cumplía las aptitudes precisas para ello. El miedo se podía apoderar de ella como en aquella ocasión que para él ni mucho menos había pasado. Y él no soportaba a las personas débiles, que quisieran matarse antes de seguir luchando.
Acercó con cautela la almohada hasta su cara y después apretó violentamente. Su estado había posibilitado que dejara de luchar por respirar tan rápido. El cambio de turno de personal a esa hora había hecho el resto.
Miró a la puerta por si a través de la luz exterior descubría alguna silueta. Nada. Colocó a su mujer en una posición menos extraña para dormir y volvió al butacón. Se arropó igual que antes con la manta y se acomodó la cabeza sobre el respaldo para seguir durmiendo con la ayuda de aquel cojín. Con el que acababa de matar a su mujer.
>>

La máscara VI ya no miraba ni la pistola ni el centro de la mesa. Ahora miraba a los cinco presentes, sin escuchar lo que ahora tenían que decir ellos, disfrutando al pensar que seguramente, ellos, serían igual de débiles que Gloria.
Y eso, para él, no se podía consentir.

viernes, 25 de julio de 2008

El Círculo de Acero -Parte I- (by Din)

Encendió la lámpara de noche al escribir el último punto de la historia. Era su símbolo personal de que había terminado aunque, en realidad, en aquella no era más que el punto y seguido.
Antes de colgarlo en el blog personalizado, y revisarlo de arriba abajo como solía hacer cada noche, prefirió escribir el e-mail. Y lo hizo mirando cada rato a la foto que le acompañaba desde hacía más de un año al lado de su trabajo. Nunca se cansaría de observar aquella sonrisa. Era la que le daba fuerzas para escribir cada día.
Fuerzas para recuperarla.
Tecleó y tecleó en su ordenador, buscando la distinta forma de enlazar unas mismas palabras, elegidas de antemano mucho antes, para expresarlo todo. Lo que tenía pensado y lo que había que conseguir. Giraba la cabeza hacia la derecha, y el brillo de los dientes de Nata le hacían borrar todas las letras y empezar desde el principio. Desde el folio en blanco.
Una hora después, pulsó con la flecha del ratón el botón de enviar. Se sentía satisfecho, y al mismo tiempo, le temblaban las piernas. Nunca había tenido tanto miedo.
Pero era el inicio de lo que podía ser lo que siempre había imaginado una vez terminaba de escribirle los sueños a aquella chica y se metía en la cama. El principio del final más ansiado.
Sabiendo el tremendo camino que aún así había que recorrer, pero que ya había comenzado, volvió a leer la última historia que quería leer de los labios de Nata y que él mismo había compuesto expresamente para ella. Para que aquella noche también pudiera dormir con una sonrisa en esos mismos labios...



Las ruedas delanteras del taxi, conectadas a un rugiente motor, comenzaron a girar en cuanto el conductor dio así la orden con su pie derecho. Para entonces, yo ya estaba fuera, en la acera, guardando la billetera. Veinte euros desde el centro de Madrid eran más que una prueba irrefutable de lo alejado que estaba aquello.¿Qué más daba lo que hubiera costado? Total, dentro de dos horas aproximadamente estaría muerto.
No había nada malo en un último lujo, aunque no fuera más que una carrera mediocre en un taxi con un hilo musical mejorable. Y qué decir del taxista.
Saqué una cuadrícula concienzudamente doblada de mi bolsillo y me regocijé en haber cortado los flecos antes de darle su uso. Leí de nuevo la dirección en voz alta, como si siguiera dentro del taxi:
- Calle S –sonaba verdaderamente sarcástico. Doblé la hoja en cuatro trozos y la retorné a su lugar de origen.
Caminé pensando en todo lo que me había llevado hasta allí. Arrastraba los pies como si me pesaran, aunque supiera que el peso que cargaba cada vez era más ligero a medida que me acercaba a la mansión que ya se avistaba al final de la calle. Era enorme, la típica de un multimillonario. De la misma, por los bosquejos de alrededor, sólo se distinguían nítidamente los tejados grisáceos, los cuales se encontraban a una altura considerable. La estructura era típica –todo lo típica que puede ser una mansión de cuatro plantas- y estaba rodeado todo de zonas verdes.
Esperé hasta llegar a la verja para hacer una completa valoración. Los jardines de ambos lados rodeaban al parecer la casa por detrás, y varios larguiruchos árboles –como cipreses- coronaban los alrededores de la parcela. Desde mi posición no se podía ver nada más, así que me decidí a pulsar el interfono. Esperé unos segundos deleitándome una vez más de la enorme fachada de piedra.
- ¿Si? –dijo una voz masculina. El zumbido de un pequeño motor me hizo percatarme de la presencia de una pequeña cámara de vigilancia escondida en uno de los cipreses más cercanos a la verja. Estaba enfocándome en ese momento.
Los dueños de aquellas mansiones siempre valoraban dos posibilidades: poseer cámaras de grabación totalmente escondidas, silenciosas, y contratar a una persona que las visionara las 24 horas del día; o bien, hacerlas perfectamente visibles, y perceptibles, para que los ladrones se lo pensaran dos veces antes de llevar a cabo sus brillantes ideas.
Aquello parecía más bien un término medio.
- Soy Emilio Castañer –dije mirando a la cámara, sin saber porqué.
- Le estábamos esperando. Pase, sólo tiene que seguir el camino de piedra –habló el interfono antes de que un sonido eléctrico me avisara de que la verja iba a comenzar a abrirse.
Las dos cancelas, compuestas por lanzas plateadas atravesadas por otras dos orientadas perpendicularmente, se fueron separando al compás para dejarme pasar. A medida que avanzaba a un paso ligero, podía contemplar la exuberancia de aquel terreno. Podría haber albergado perfectamente un par tres de golf, y habría quedado espacio para la piscina que coronaba la entrada a la mansión. Casi dos minutos me llevó alcanzarla, y detrás de la misma se dibujaba mucha más propiedad.
Elevé las rodillas para superar mínimamente un par de pequeños escalones de mármol que llevaban hasta la puerta principal. Éstos estaban entre dos columnas del mismo material que soportaban lo que parecía un balcón en la primera planta. La puerta, de color blanco, estaba entornada pero, a su vez, no permitía descubrir nada del interior de la casa. Asomé la cabeza y supe el porqué.
La oscuridad invadía totalmente la estancia, salvo un resquicio de luz que penetraba a través de la rendija de la puerta y que rebotaba directamente en una pared blanca y desnuda.
- Quédese quieto –escuché desde el fondo de lo que tendría que ser el recibidor –No abra más la puerta de lo que ya lo ha hecho. Debería haber sido suficiente para revelar lo que tiene que hacer a continuación.
- ¿Cómo…? –pregunté sin pensar. Y sin mirar. Al invadir el hall, había girado la hoja de la puerta lo suficiente como para entrar por completo. Esto había iluminado algo más de la superficie blanquecina de la pared de la izquierda, aún dejando a oscuras todo lo demás, incluyendo la silueta de lo que se asemejaba a un hombre.
Una máscara veneciana de color negro y un “dos” rojo escarlata escrito en números romanos en lo que sería la frente permanecía colgada de una especie de gancho en la pared.
- Vaya hacia la máscara y ajústesela en la cara. Es parte de las reglas… -dijo de nuevo la silueta.
Sin rechistar, me dirigí hacia allí, aunque tuve que disimular la mala sensación que me había causado toda aquella parafernalia. El miedo, vamos.
Descolgué la máscara y me percaté de otro gancho vacío superior al mío. A su vez, otros tres o cuatro desfilaban en fila hacia el suelo. Un olor a cera consumida provenía de una vela alargada próxima a mí, la cual sólo se distinguía mínimamente desde esa posición. Un fino hilo de humo se alejaba de la misma, ascendiendo en línea recta por un camino ya pactado.
La máscara pesaba algo más de lo que aparentaba y poseía ambas cintas de tela negra a los lados. Era casi totalmente ovalada, salvo en la zona de la barbilla que se encorvaba de manera más pronunciada. Así podía encajar perfectamente. Los espacios para los ojos parecían dos arañazos realizados a la altura idónea y ensanchados con una lijadora. Al tacto, daba el pego con una arcilla pulida exquisita. Terminé por hacer un doble nudo a un nivel ligeramente superior a mi occipucio para que se enclavara totalmente.
- Bien, señor Castañer –escuché esta vez mucho más cerca. De repente, una llama de mediano calibre resplandeció en toda la sala hasta contactar con la vela del candelabro.
Súbitamente, dí dos pasos hacia atrás. Una nueva máscara veneciana se encontraba en frente de mí, igualmente negra como la mía, pero con el símbolo I pintado en la frente. La diferencia ahora es que la máscara ya se encontraba sobre la cara de alguien.
- No pretendía asustarle, por favor. Si me acompaña… -habló la máscara aún sin mover sus finos labios como el azabache. Desenganchó el cirio de su pedestal y se dio la vuelta. Le hizo señas para que le siguiera a la vez que guardaba el encendedor en el bolsillo de su chaqueta.
Ya que había llegado hasta allí, sería inconcebible dar media vuelta. He elegido venir hasta aquí yo, y nadie más. Quería creer que eran los veinte euros que había gastado en el taxi para llegar los que me empujaban a través del pasillo, pero era claramente otro destino, otra recompensa la que me hacía estar ahora vislumbrando ese paisaje negruzco. Finas telas de seda negra hacían de cortinaje, preservando al espectador –yo mismo- de los posibles adornos en las paredes que pudieran “desestabilizarle” para la consecución final de mi deseo.
Cruzamos únicamente un umbral hasta llegar a una escalera de caracol que descendía serpenteando más de lo normal.
- No se caiga, por favor. Si hubiera sido tan fácil no habría llegado hasta aquí, y no queremos tener que reconstruir un círculo que le necesita a usted para estar completo –me avisó al poner el pie en el primer peldaño de bajada.
La escalera estaba mínimamente iluminada para ese fin. Los peldaños de metal –así sonaban –se adivinaban más que verse, a poca distancia unos de otros. Eran casi triangulares, con rendijas en los mismos, a modo de ventilación. Fueron necesarios dos giros de trescientos sesenta grados para llegar al piso inferior.
Cuatro máscaras negras, exactas a la que llevaba yo, giraron sus perfiles desde el centro de la sala. La palabra secta satánica vino a mi mente de la impresión.
- Ya estamos todos –dijo Uno dejando la vela en un nuevo soporte que descansaba al borde de la escalinata –Tome asiento en la silla que lleva su nombre.
Lo único que vestía aquella estancia hexagonal –sin contar las tapices de seda negra que envolvían la mayor parte de la superficie de la pared –era una mesa con idéntica forma, colocada en la misma médula de la sala y que parecía de verdadera madera maciza. La escalera de caracol quedaba en uno de sus vértices, no entorpeciendo lo exquisito de su geometría.
Llegué hasta la silla sin no sentir durante todo el camino las miradas de aquellas máscaras de la muerte clavadas en mi persona. O en el II que me delataba como uno de los suyos, una de dos. Ellos y ellas –las curvas de sus cuerpos, así como la vestimenta que había elegido cada uno para aquella ocasión delataba sus diferentes géneros –formaban en conjunto los números del III al VI. Cada uno de ellos se encontraba igualmente sentado en el centro de su lado correspondiente en el hexágono de madera.
Hice ademán de saludar con la cabeza.
Mi silla se hallaba en frente de la escalera de salida, de cara a la misma, como un último y perpetuo intento del destino para incitarme a huir. Sabía que era mía porque sólo había dos de los seis asientos sin ocupar, y por el número dos romano de color sangre que la investía.
Parecía que la luz en aquella mansión era más cara que en el resto de Madrid y únicamente había cirios como el del hall iluminando el hexágono desde cada uno de los exactos ángulos. De tal modo, la oscuridad mandaba sobre lo demás en aquellos momentos.
Uno llegó hasta su silla –que se encontraba justo a mi izquierda –y tomó asiento igualmente. Suspiró dentro de su máscara, como si le fuera a costar comenzar a hablar, y elevó su tenebrosa faz.
- Antes que nada, les agradezco su puntualidad. Aunque crean que es absurdo, ustedes…bueno, mejor dicho nosotros…hemos elegido morir esta tarde –ningún culo se movió al escuchar esas palabras –y, por tanto, debemos seguir un horario. Esto está más que simbolizado en los relojes que descubrirán en frente de cada uno…
Como un resorte, todas las máscaras dejaron de mirar a la primera y dirigieron sus facetas de arcilla negra hacia las paredes. Seis relojes de aguja, de forma hexagonal sarcásticamente, se presentaban en lo alto de cada una de las caras de aquel prisma hexagonal.
- Están minuciosamente sincronizados, os lo aseguro –siguió explicando Uno –Ahora mismo marcan todos las cuatro y treinta y seis de la tarde, con veintisiete…veintiocho segundos…
Vi como el segundero de mi reloj, que estaba colgado detrás de la chica con la máscara V y a la derecha del cirio que nos había ayudado a descender sin percances a Uno y a mí momentos antes, llegaba hasta el número seis…treinta segundos…
- …están de acuerdo con ello? –escuché a mi izquierda. Las demás máscaras asintieron a distintos tiempos, al contrario que los relojes enfrentados con ellas –Bien, esto es así por una importante razón.
Uno rodó su brazo por debajo del tablero macizo de la mesa. Escuché un ligero clic y, de repente, un sonido mecánico acompañó a lo siguiente. Un pequeño rectángulo de mi lado de la mesa se deslizó sobre sí mismo, dejando un espacio vacío en la superficie. Entonces, una caja de cristal hizo su aparición elevándose desde las entrañas de la estructura de madera. En total seis estuches cristalinos se presentaron ante cada uno de nosotros, en la misma línea de mediatriz que los relojes.
En su interior, un revólver plateado y una única bala.
Por el rabillo del ojo, vi cómo alguien se levantaba abruptamente. El hombre que portaba la máscara veneciana con el IV en la frente comenzó a hacer aspavientos con los brazos.
- Si tuviéramos los huevos necesarios para esto no habríamos acudido a usted, señor cómosellame… -habló mientras cogía de su respaldo una chaqueta de pana, como preparando su retirada.
- Tranquilícese, señor Pávez…digo, Cuatro… No me ha dejado explicarme aún. Vuelva a tomar asiento, por favor –contestó firme a la vez que educadamente Uno. Volvió a esconder su largo brazo bajo la mesa y oí un nuevo clic. ¿Cuántos botones podría haber bajo aquel tablero?
Los cierres de los estuches saltaron al unísono, y las armas quedaron al alcance de todos nosotros.
- Si me permiten, voy a otorgarles el derecho a morir que todos tendríamos que disfrutar. Todos han acudido aquí por el mismo motivo. Todos han contestado a la llamada de aquel anuncio que un día leyeron, y que, cínicamente, les salvó la vida.
Todos quieren morir, pero no se atreven a llevar a cabo dicha acción.
No rechisté. Estaba en lo cierto.
- Yo les brindo esta única oportunidad. Sólo debemos seguir todos unas sencillas instrucciones, y en menos de una hora y media, nuestro, digamos…sufrimiento, habrá cesado…para siempre –Uno descansó por un instante y alcanzó su pistola –Hagan lo mismo que yo.
El frío que sentí en mi sien en ese momento, provocado por el cañón del revólver en las manos del anfitrión, fue el más gélido de mi ya larga existencia. A la vez, lo amaba como un abrazo más cálido que nunca.
Hicimos todos lo propio, alargando nuestros brazos derechos hacia el compañero de la derecha, el número inmediatamente superior.
- Por suerte, somos todos diestros… -Uno hizo como que terminaba la explicación sonora. La visual era aún más explícita.
Alrededor de aquella mesa hexagonal, cuyo lado conformábamos cada una de nuestras cobardes almas, se dibujaba una figura mucho mayor. Seis brazos estirados, uniéndose con las tétricas máscaras de Venecia de los más próximos a través de un arma de fuego, formando una estructura infinita.
Un magistral círculo de acero. Un círculo teñido de muerte.

domingo, 22 de junio de 2008

El muerto (by Din)

Arregló la silla, posicionándola en frente del portátil. Se sentó en ella, y tiró de la pantalla hacia arriba. Abrió el navegador y buscó en favoritos la página deseada: el blog que había creado hacía ya algunas semanas.
Colocó el marco de fotos que se encontraba a su derecha de manera correcta y se dispuso a comenzar a imaginar una nueva historia que compartir con ella. El fin era ya otro cantar.
Pero antes, volvió a observar la foto. Nata aparecía sonriendo, incluso parecía muy feliz surcando su cuello con su propio brazo. El cuello de Chocolate no recordaba haber sentido más ternura que la que aquel día el destino le había brindado.


Nada más despertar, se pasó el dorso de la mano por los orificios nasales y aspiró por ellos. Era ya un acto que se estaba conviertiendo en costumbre.
No recordaba cómo se había quedado dormido ni durante cuánto tiempo lo había estado; aún así se levantó. No era necesario saber cómo se había llegado a la cama –si a aquel remolino de sábanas se le podía llamar así –para por lo menos intentar salir de ella. Volvió a llevarse la mano hacia la nariz y respiró profundamente. Parecía que le habían dado una paliza, y lo único que de verdad le apetecía era seguir durmiendo durante días si era preciso.
En realidad, no era lo único. Había tenido esa sensación casi a diario desde hacía un año y sabía qué era lo que necesitaba exactamente.
Se tropezó con lo que quedaba de una silla de madera –sí que había sido una gran noche, pensó –y cayó de rodillas al suelo apoyando las palmas de ambas manos. Sintió un rápido escozor, pero hizo por auparse. La torpeza también formaba parte de aquella sensación. Llegó no sin dificultades hasta el escritorio que coronaba la pequeña habitación –la cual continuaba sin límite alguno con una pequeña cocina americana –y buscó como un poseso por su superficie. Agrupó una serie de puntos blancos en un pequeño montón y encontró una pequeña bolsa de plástico también. Intentó vaciarla más de lo que estaba sobre el mismo montón. Tras unos rápidos movimientos del canto de sus manos formó una corta línea blanca sobre la mesa y acercó una de sus fosas nasales hasta un extremo de la misma.
Aspiró violentamente.
- Como nuevo –pensó al instante. A los pocos segundos notó como recuperaba la fuerza y la destreza. Su pulso se aceleraba hasta hacerse presente y sus músculos tenían la necesidad de moverse. Elevó sus brazos hasta que quedaron las palmas a la vista, la cual podía enfocar correctamente por la mínima dilatación de la pupila que también se había producido. Entonces descubrió que estaban manchadas de sangre.
- ¿Qué coño… -dijo en voz alta. Su locuacidad no había llegado aún a gran término. Miró a su alrededor y vio los trozos de la silla por los suelos. Acababa de tropezar con ellos y había apoyado sobre los mismos las manos. Incluso atisbó alguna astilla clavada – Verás ahora para sacar a la puta…
Caminó hacia el aseo –el único cuarto de baño del que disponía su apartamento –y no llegó a entrar por la visión.
Unas botas negras tumbadas traspasaban el umbral que limitaba ambas estancias. Lógicamente, pertenecían al cuerpo que se encontraba boca abajo en el mismo baño. Un hombre de complexión media –más o menos como él –yacía en el centro, proxímo a la bañera y debajo del lavabo –pocos metros cuadrados era la tónica general –y un charco de sangre servía de almohada para su cara. De ese charco, parecía haber corrido sangre en busca de la bañera, en forma de secos hilos de color granate que se perdían en el borde de la misma.
- Mierda, mierda, joder… -susurró a la vez que no paraba de moverse. Se dirigió de nuevo a la cama y se sentó en el borde. Un segundo después ya se había levantado y andaba dando vueltas por la habitación, sorteando los trozos de madera deshecha. De vez en cuando, se pasaba la mano por la nariz.
Poco a poco, fue recordando imágenes de la noche anterior. Volvió a sentarse en la cama. Allí se encontraba él junto con un amigo, el “Talcos”. Reían y reían, mientras contaban historias de ese último año.
- Y tu madre decía que no te juntaras conmigo, ¿te acuerdas? –dijo el Talcos mientras bebía de una botella de cristal transparente.
- Hija de puta, tío –contestó él alargando el brazo para atrapar la misma botella. El Talcos alejó a propósito la misma, sin querer compartir aquel alcohol –¡Ojalá se pudra allá donde esté! ¡Pásala, tío! –gritó esta vez, logrando alcanzarla.
- ¿Quién sino yo te iba a conseguir… -el Talcos sacó del bolsillo de su camisa de cuadros verdosos una bolsita transparente con un polvo blanco en su interior y se la tiró -…esta belleza?
- Eres grande, tío –aduló él. La abrió rápidamente y se fue al escritorio para esparcerla sobre la mesa. Con movimientos mecánicos, y tras haber sacado una tarjeta de crédito del bolsillo del pantalón –el calor que había comenzado a invadirle había hecho que fuera la única prenda que portaba aún-, repartió en cuatro líneas perfectamente equitativas el total de la bolsita –Ésta va por ti… -y llevó su nariz hasta una de ellas…

En el escritorio ya no había ni un ápice de droga. ¿Qué iba a hacer con el cuerpo llegado a este punto? El poco espacio entre escritorio, cama y armario le servía como particular camino para su maraton. De vez en cuando hacía como que se dirigía hacia la cocina pero después volvía sobre sus pasos para seguir sorteando los trozos de silla.
Con el sudor encharcándole la frente, así como las axilas de su camisa, fue sintiendo cómo su cuerpo se acercaba, inconscientemente o no, al baño. Cuando volvió a percibir la sangre en sus manos, tuvo la excusa perfecta.
Pasó al aseo, esquivando las tiesas piernas del cadáver. Llegó al lavabo y abrió el grifo de agua fría. Internó sus manos bajo el chorro y vio como la sangre –aún fresca –salía sin dificultades de la superficie de su piel. Giró su cabeza hacia atrás para contemplar el cuerpo a la vez que cerraba el agua.
Se agachó y examinó más detenidamente a su amigo. Todo el pelo estaba lleno de sangre, al igual que la zona rostral. Incluso podía adivinarse dónde se había producido la mayor cantidad de golpes: la parte izquierda del cráneo estaba reventada y una sustancia gelatinosa intentaba salir por los múltiples orificios. En realidad toda la cabeza era una masa ingente de sangre coagulada; tanta como para no ver siquiera las facciones toscas características del Talcos.
Mientras le observaba por última vez, reviviendo las acciones que le habían llevado a tal situación –y de la que se tenía que empezar a preocupar ya si no quería tener problemas –buscaba el último regalo por parte de su amigo. Lástima que no hubiera nada en el interior del bolsillo de su camisa de cuadros verdosos, la cual le tapaba la espalda desnuda. Lo habían gastado todo aquella noche.
Se aupó y volvió a mirar a ambos lados de la grifería del lavabo.
- Ahí estáis –dijo alegremente descubriendo pequeños trazos de polvo blanco esparcidos por el mármol blanquecino. Acercó la cara hasta casi sentir el frío metálico del grifo y…
…respiró profundamente, incluso saboreando en la acción el olor de la madera del escritorio. De los cuatro hilos de cocaína que había preparado hacía unos minutos ya no quedaba más que uno.
De repente, sintió una cálida sensación corriendo a través de sus labios. Intentó disfrutar del sabor de la sangre cuando ésta le llegó a la lengua.
- Mierda, tío, otra vez… -dijo el Talcos cuando se dio cuenta de que su nariz volvía a sangrar. Ésta vez lo hacía de manera más profusa que las anteriores –tenía que ir considerando la idea de engranarse un tabique nasal de metal –y colocó las manos de manera que no hubiera huecos entre ellas para formar una pequeña piscina de sangre en su concavidad. Mientras tanto, él se mantenía absorto mirándole desde el filo de la cama. Se dispuso a hablar, emanando un clima de consternación.
- Eh, tío, tío…¿qué te está pasando, tío? –se levantó asustado -¡Tío, tío, quítatelos! –comenzó a hacer aspavientos con los brazos, dirigéndose hacia Talcos -¡Te están saliendo de la nariz, colega! ¡¡Quítatelos!!
- Es solo sangre, macho… ahora me lavo –dijo Talcos riéndose de las alucinaciones de su amigo.
Él hizo caso omiso de las palabras de su amigo, y comenzó a lanzar manotazos sobre su cara. El Talcos chocó contra el escritorio, deformando así la perfecta línea blanca de droga que aún perduraba. Miro tras de sí para sufrir más directamente la terrible pérdida, y entonces sintió las manos del otro en su cara. Las uñas se clavaron en los alrededores de su nariz.
- ¿Pero qué haces, tío? –gritó una vez más el Talcos, propinándole un sonoro puñetazo en la cara que le tiró contra una silla. Ésta se partió en múltiples trozos.
- Te salen cucarachas de la nariz, tío –dijo levantándose de un salto y volviendo a ir a por el Talcos -¡Tienes que deshacerte de ellas!
- Estás alucinando, colega… -volvió a impulsarle hacia atrás, a la vez que alcanzaba el baño. Abrió el grifo del agua fría para lavar la sangre de sus manos y no escuchó la presencia del otro.
Él, tras ver cómo las cucarachas que salían de todos los poros de la piel del Talcos, y pensar que la mejor forma de acabar con ellas era eliminar su origen, agarró del pelo al Talcos y estampó su cabeza contra el blanco del lavabo. Éste cayó al suelo conmocionado, con una gigantesca brecha en su frente de la que salía una sábana de sangre. Consiguió arrodillarse próximo a la bañera, aún sin saber qué había ocurrido exactamente. Pero las cucarachas ahora salían de su frente bajo la visión de su colega, que no dudó en rematarle. Asió del cuello al Talcos y reventó su parte izquierda del cráneo contra el borde de la bañera. Tres, cuatro, cinco golpes consecutivos.
El cuerpo del Talcos fue resbalando poco a poco hasta dejar de sostenerse por sí mismo y acabar en el centro del aseo, boca abajo. Las cucarachas seguían saliendo del “roto” izquierdo de su cráneo, aunque su movimiento rápido se había visto seriamente afectado. Como no sabía hasta cuándo iba a durar aquella tregua, dirigió sus pasos hacia el exterior del cuarto de baño…

Salío del cuarto de baño y se encontró de nuevo con el destrozo de la habitación principal del apartamento. El escritorio estaba ladeado y la cocaína de su superficie –que alguna vez fue una línea –ahora se encontraba desperdigada. ¿Continuaba allí? Le parecía habérsela esnifado antes de encontrar el cadáver del Talcos, nada más despertar.
La respuesta a esa pregunta no formulada no iba a cambiar el resultado. Volvió a adjuntarlas en un mismo montón –miró la mano con que había realizado ese movimiento y se extrañó que la herida que se había hecho con los restos de la silla al caer anteriormente hubiera sangrado tan rápidamente de nuevo. También había sangre fresca en su otra mano. Pensó que se había acercado demasiado al cuerpo manchado de su amigo –y volvió a aspirar por la nariz.
El chirrido de la puerta de la entrada le asustó. No había escuchado la cerradura así que imaginó que habría permanecido entreabierta durante toda la noche, por culpa de alguna de sus lagunas mentales. Sin pensárselo dos veces, corrió hacia el armario y se internó en él.
Al principio escuchó unos leves y lentos pasos de alguien que penetraba en el apartamento, como cerciorándose de que no hubiera nadie. Despacio, intentó deslizar una de las puertas del armario, con el fin de crear una rendija de luz por la que ver quién acababa de arrodillarse en el umbral del cuarto de baño.
Por un momento, los pies desaparecieron en el interior del aseo. Escuchó la voz del desconocido, como si estuviera hablando con el cuerpo sin vida del Talcos. Segundos después, volvía a salir con la camisa de cuadros verdosos en la mano y, sin más, salió del apartamento cerrando la puerta tras de sí. La imagen de aquel –ahora no tan desconocido –le hizo instintivamente tirar de un fino cordel que pendía del techo del armario. Una bombilla se encendió en el interior, reflejando su faz en el espejo de la puerta.
Una horizontal brecha coronaba su frente, manchada también de sangre. La parte izquierda de su cráneo se encontraba hundida hacia dentro, deshecha, dejando entre ver una cierta cantidad de masa gelatinosa que salía de su interior. Su cerebro.
A su vez, descubrió que era él quien tenía colocada sobre su espalda, a modo de sábana mortuoria, la camisa de cuadros verdosos del Talcos.
Era él quien había terminado con la tercera raya, a quien le había sangrado la nariz manchando sus dos manos, quien había empujado al Talcos contra la silla tras empezar éste a gritar que de su nariz no salían más que negras cucarachas. Quien había llegado al baño para lavarse y había sentido el primer golpe propinado por el Talcos. Y todo lo que a ello siguió.
Quien yacía en el suelo del baño, en medio de un charco de sangre, ya sin camisa que le librara del frío que no pueden sentir los muertos, no era otro que él.

domingo, 8 de junio de 2008

Rew (by Din)

- Sí que sois rápidos… -dijo al abrir la puerta a la vez que se daba la vuelta. La cartera estaba en la cómoda de su cuarto –Puede dejar la pizza encima de esa mesa –hizo ademán de alzar la voz para que se le escuchara desde allí. Agarró rápidamente el dinero y salió de nuevo al salón -¿Cuánto era…?
Un chico de unos veintitantos años permanecía de pie al lado de la puerta. No había pizza alguna. Sí una pistola apuntándole directamente.
- ¿Pero qué…?
El chico elevó un poco más el arma, como amenazando en silencio a disparar. No le había reconocido, creía.
- ¿Quién coño…?
Exacto.
El primer disparo le alcanzó directamente en la frente. En todo el centro, como en las películas. Él nunca había practicado tiro, ni era policía, ni nada por el estilo. El caso es que le dio de lleno. Una mancha de color rojo apareció súbitamente en la pared que se encontraba detrás del hombre, formando un dibujo típico de impacto. Las monedas que llevaba en la mano cayeron al suelo, produciendo un ruido metálico a su rebote contra el parquet. Antes de que se le pudieran doblar las piernas y acompañara el destino del dinero, el chico apretó de nuevo el gatillo. Ésta vez apuntó más abajo.
Justamente a los huevos.
La primera bala ya le había dejado sin la función fónica con lo que como consecuencia del segundo disparo no se produjo ningún grito de dolor. El tercero se dirigió al pecho.
El tercer casquillo sonó en la madera de una forma muy similar a como lo habían hecho las monedas.
Aún no estaba seguro de que hubiera sido suficiente.

<< Rewind

El casquillo se elevó desde el suelo de madera entrecruzada y se introdujo en la parte posterior de la pistola. A la vez, la sangre que salía a presión del pecho del hombre que se encontraba todavía en el suelo fue introduciéndose en la herida. Acto seguido, la bala grisácea salió a gran velocidad de entre el maltrecho tejido conjuntivo, reparando a su paso el músculo pectoral y la piel, y se dirigió a la punta del arma. Dentro de la misma, el casquillo y el proyectil se hicieron uno.
En ese instante, las rodillas del hombre se separaron del suelo, flexiónandose primero, como en vida, para levantarse antigravitatoriamente, y estirándose después para aguantar su peso en bipedestación. La segunda bala salió de su paquete. El líquido seminal también se coló al interior de su cavidad original. Cinco monedas plateadas volvieron desde la madera hasta la mano del hombre anónimo, que respondió al reflejo propioceptivo cerrando el puño, al tiempo que se borraba la mancha fúnebre de sangre dibujada en la pared. El tercer proyectil acompañó a la sangre, saliendo de entre los ladrillos de la pared, y recorrió el cráneo del hombre en toda su longitud para salir por el entrecejo, recomponiendo así su anatomía completa.

Forward x2 >>>

Tres disparos más se efectuaron en aquella habitación. El chico se había acercado ya al cuerpo sin vida del hombre, que yacía en el suelo con un agujero redondo en el lado izquierdo de la camisa, del que manaba un gran chorro de sangre granate. Vació el cargador de manera casi impasible, recibiendo alguna gota en su propia cara.
Parecía que a él no le había parecido suficiente.

<<< Rewind x2

Su dedo índice se separó del timbre de la puerta. Resopló hacia dentro y se metió la pistola como un profesional entre su pantalón y su espalda. Sintió el frío de la culata en su piel.

<<<< Rewind x4

- Un paquete de Morley’s, por favor – pidió amablemente al dependiente del interior del kiosko. Pagó con un billete de cinco euros y le pidió que se quedara con el cambio.
- Gracias, chico –dijo desde el interior el quiosquero. Le sonaba la cara de algo.
Comenzó a caminar hacia el número ocho de la calle, y desprecintó el tabaco. Extrajo un cigarrillo y se lo llevó a la boca.
Se dio la vuelta para pedir fuego a la chica con la que acababa de cruzarse.
- Sí, claro –le respondió ella. Metió la mano en su infinito bolso y a la primera sacó un mechero de color amarillo.
El chico se quitó el cigarro de la boca por un momento. Lo volvió a pensar y se lo llevó de nuevo a los labios. Después, se inclinó hacia el fuego que ya salía del mechero.
- Tienes que aspirar un poco para que prenda bien –le dijo la chica extrañada.
- ¿Qué? –preguntó sin querer –Ah, sí, sí… -y comenzó a intentar sorber de aquella pajita tóxica. La punta del cigarrillo se volvió de color naranja vivo –Gracias…
Se dio la vuelta, y empezó a toser violentamente. El humo le salía tanto por la nariz como por la boca. Aún así, intentó dar lo que sería la segunda calada de su vida.
Una nueva tos.
Llegó al número ocho y se paró en seco. Una mujer que portaba dos bolsas de la compra le ofreció sostenerle la puerta para que pasase. Tras unos segundos de parálisis, negó sólo con la cabeza. Se apoyó en la pared contigua al portal y sintió la presión de la pistola en su rabadilla.
Estaba sudando, y las marcas en las axilas de su camiseta así lo confirmaban. Se enjugó la frente con la mano y miró instintivamente hacia su destino: los pisos superiores. No se sentía con la fuerza suficiente para traspasar ese portal, subir las escaleras hasta reconocer un apellido en alguna placa dorada, apretar el gatillo llegada la ocasión.
Imágenes corrían por su mente. El video paró en un fotograma que ahora llevaba entre sus dedos. Miró el cigarro encendido. Morley’s.
Se levantó la camiseta lentamente y vislumbró múltiples cicatrices circulares alrededor de su desnudo ombligo. Era preciso hacerlo, volver a sentir aquello. Así, se llevó la punta del cigarrillo a la piel y apretó con todas sus fuerzas. Humo saliendo de su cuerpo.
Contuvo la respiración y ni siquiera gritó. Acto seguido, afortunado porque la puerta no se había cerrado del otro por un fallo en el mecanismo, penetró con decisión en el portal.

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Pensando en el pasado, subió las escaleras de la parada de metro Mar de Cristal y pensó en dirigirse hacia el kiosko de su infancia. Allí siempre compró sus cromos de fútbol, sus golosinas, los periódicos para su padre. También el tabaco…

<<<< Rewind x4

Bajó las escaleras para internarse en el subsuelo de Madrid. Era la mejor forma de llegar cuanto antes a su antiguo barrio. Aunque fuera a convertirse en una sucesión infinita de recuerdos: visiones, olores, caras conocidas… no tenía gana alguna de volver allí. Si se fueron aquella vez, sería por algo.
Su furia contenida iba amainando mientras tanto.
Empujó la puerta denominada "Facil de abrir" –para algunos, pensó –y paseó hacia los tornos. Alzó mínimamente la tarjeta roja que mostraba su nombre –Antonio Montero –y su cara, junto con el código de barras hacia la superficie de plástico, y el artilugio le mostró la palabra "Pase" en color amarillo.
Si hubiera sabido hacia donde se dirigía y para qué, los tornos se lo hubieran pensado dos veces. O una.

<<< Rewind x2

Dio un portazo que hizo temblar las paredes de todo el edificio. Tenía claro –ahora más que nunca –lo que iba a hacer.

<< Rewind

La puerta se abrió hacia dentro, y Toni entró de espaldas en su actual apartamento. La cerró delante de sí, y paró en seco después de pensar si cerrarla. Como si fuera la decisión más importante de su vida el descruzar ese umbral.
Anduvo hacia atrás hasta entrar en su habitación. Sacó con sumo cuidado la pistola de la parte trasera de sus vaqueros, y la miró unos segundos entre sus manos. Pasó su mano sobre el cañón, sabiendo que era muy peligroso tener eso en casa. Pero era la mejor compra que había realizado en su día. Se giró hacia la mesilla, e introdujo el arma en el primer cajón, el cual se encontraba ya abierto. A continuación, agarró el pomo del mismo y lo cerró.
Fue de espaldas hasta el salón, secándose unas lágrimas que habían aparecido extrañamente surcando sus dos mejillas. Las pequeñas gotas recorrían el camino inverso, de abajo a arriba. Unos trozos de madera y mimbre se unieron después de tocar una pared para formar una perfecta silla. Los brazos de Toni la dejaron en el suelo mientras profería un grito de dolor. De la misma manera, las hojas del periódico del día volvían desde el suelo hasta sus manos, al tiempo que aposentaba su culo en el sillón. De su estado arrugado e inicial en los fríos azulejos al interior de su puño izquierdo. Abrió el puño y las hojas se alisaron mágicamente hasta formar las partes centrales del diario.
Llevó sus ojos hasta la fotografía que aparecía en el centro, que poco a poco iban desnublándose, a medida que las lágrimas se internaban en sus ojos, a cada lado de su respingona nariz.
- !atup ed ojiH¡ –parecieron decir sus labios.
En la fotografía aparecía un hombre esposado, con un viejo jersey por encima de la cabeza, y las manos por encima de ella. Como si se avergonzara de lo que llevaba haciendo desde hacía años. Nada más lejos.
Toni desleyó el titular de la noticia en su mente:
Sale de la cárcel el pederasta de Mar de Cristal, Antonio Montero
. Su semblante pasó de una seriedad tenebrosa, abrumadora, cuando pasó a la sección de deportes –la primera que siempre leía –a una simple sonrisa.
Más ancha de lo normal. Como si estuviera viendo, pulsando el botón de Adelante del mando a distancia de su vida, cómo iba a acabar todo.


Nata apagó el ordenador abrumada por el intento de comprender cómo se unían todos los hilos que Chocolate había trenzado para ella aquella noche. Incluso había olvidado la verdadera razón por la que se había conectado esa noche.
No sólo quería leer el cuento de antes de dormir. Estaba dispuesta a comenzar sus pesquisas por descubrir la verdadera identidad de Chocolate. Pero después de eso, había perdido las fuerzas. Sólo quería meterse entre sus sábanas y pensar en cómo considerar las acciones según sus fines.
No lo tenía del todo claro, aunque el final no le había disgustado del todo. ¿O era el principio?

sábado, 31 de mayo de 2008

segunda parte del cuento... (by ele)

En epoca de examenes el numero de estudiantes aumentaba generando un murmullo que se acompañaba de un baile constante de entradas y salidas en busca de sitio, cafes o un poco de aire fresco. La biblioteca sufria un cambio absoluto que no dejaba de fascinar a Paquita, la bibliotecaria.
Desconocia realmente cual eran las razones que le habian llevado a ese puesto, ella sabia que no era muy logico que una señora taaan marujiya y dicharachera como ella acabara en un sitio en el que solicitaba un silencio contaste pero eran esas extrañas circunstancias de la vida.
Disfrutaba de ese corto periodo de tiempo entre que los estudiantes devolvian o cogian los libros para entablar unas pocas palabras que con algunos se habia convertido en una bonita amistad.

Pero todo no fue asi siempre, hace no mucho tiempo, no lo llevaba demasiado bien, de hecho penso mas de una vez en dejarlo todo. Llego un momento en el que absolutamente todo le asqueaba, y comenzo a afectarle en su trabajo y hasta en su vida privada.
Mandaba callar sin cesar a la gente de la biblioteca, incluso llegó a echar a mas de uno, tiraba las latas de cocacola estuviesen o no llenas, no permitia que ciertos alumnos sacaran libros... vamos q genero un ambiente cada vez mas y mas tenso. La gente comenzo a dejar de ir a la biblioteca, la cajetilla de los carntes se fue quedando paulativamente vacia y poco a poco fue quedandose mas y mas sola...
A Paquita toda esta situacion le traia al pairo, como ella decia "que mas da, la bilbioteca no es mia, y cuantos menos halla mejor, menos tendre que hacer. " Y si era verdad, su trabajo fue bajando de una manera dastrica, incluso paquita descuidaba sus obligaciones como bilbiotecaria y llegaba mas tarde, no ordenaba los libros, se podria decir que acudia a la biblioteca a pasar el rato. Leia las revistas de la semana y poquito mas, habia pocas cosas que le molestaran, a excepcion de una, una chica. Era morena de tez muy palida y grandes ojeras. Venia siempre a la misma hora aunque la excepcion de hoy es que venia acompañada de alguien que le esperaba en la puerta. Sabia que la esperaba a ella porque tenia entre sus manos su abrigo rojo , era extraño porque nunca se lo quitaba y rapidamente descubrio la causa, una via en su brazo que nunca antes habia visto.
Nunca supieron quien inicio la conversacion, pero asi fue y poco a poco, dia tras dia, paquita esperaba ansisosa la llegada de esa chica que le cambio la vida. Por su historia, por su gran cambio, porque le conto la razon por la que dejo de mirar al mar y se unio al movimiento del mundo...



-Publicado por Chocolate- tecleo antes de apagar el ordenador.

no sabia la razon que le habia llevado a continuar la historia, nunca antes lo habia hecho pero quizas esta fuera mas cercana a su propia vida.
se puso sus guantes con dedos de colores, cogio un cafe con una cucharada y media de azucar y salio a dar una vuelta pensando en cual seria la continuacion...

viernes, 30 de mayo de 2008

Y comienza el cuento... (by Din)

Se encontraba de nuevo allí, parada, frente al mar, contemplando cómo las olas rompían una y otra vez contra las rudas rocas. El mundo seguía girando pero ella vivía en un estado inmóvil permanente. Por lo menos vivía, se decía a sí misma.

O quizás fuera al contrario y la causa de todo fuera que el mundo seguía girando. Las olas seguían rompiendo todas las tardes, y ella seguía efectuando el mismo ritual. Las barcas de pescadores no eran siempre las mismas. A lo mejor alguna se repetía, pero estaba en una posición con respecto a ella diferente al día anterior. Era algo casi imprescindible: si recoges todos los mejillones posibles de una determinada roca, sita en un punto concreto del océano, no esperes encontrar más mejillones en la misma roca al día siguiente.
Más bien, era lógico. Como su ritual.

Miró el reloj y pensó que si tardaba más de la cuenta se iba a hacer demasiado de noche para volver por aquellas carreteruchas de segunda intención que llegaban hasta la ciudad. Si por ella fuera, compraría una pequeña casa en aquel pequeño pueblo pesquero; así no se tendría que preocupar todas las tardes de volver a aquel pequeño paseo marítimo. Era realmente lo que disfrutaba del día, esos minutos reflejándose en el mar, viendo como todo cambiaba a su alrededor –más despacio o más deprisa –pero ella seguía igual. Si acaso, más inconfortable.

Introdujo su mano en el bolsillo de su largo abrigo, rojo como el fuego. Contrapunto perfecto para aquel lugar de color azul marino. Sacó una moneda, y tras un pensamiento sentido –directamente de dentro –a la vez que fugaz, la arrojó al agua. En un segundo, la moneda desapareció de la superficie y se imaginó su resplandor en el fondo. A modo de despedida. Luego, dio media vuelta y se metió en el coche, aparcado a escasos metros de esa especie de balcón personal desde el que contemplaba “el giro”. Arrancó y se perdió en la lejanía.


Tres días después, el coche de aquella señora no había vuelto a aparecer por la carretera comarcal que conectaba con la ciudad. Todo era muy extraño. No había faltado a su cita con el mar desde hacía más de un año; siempre a la misma hora, siempre los mismos gestos, los mismos susurros para/con el mar. Y en tres días, aquel pescador no había vuelto a verla.

Sin ningún mejillón a bordo, por quedarse ensimismado esperando encontrar cambios en el horizonte, dirigió la barca hacia el muelle. La ató con esmero a uno de los palos de madera que sobresalían de la estructura y caminó hacia el paseo marítimo. Llegó al punto en que normalmente a esa hora se encontraba el coche de la mujer. Se acercó al balcón y contempló su vida desde allí durante unos minutos.

Luego, con razón o sin ella, sacó su monedero metálico de un viejo zurrón, lo abrió y escogió al azar una moneda. Acto seguido, la arrojó hacia el agua, perdiéndose entre la fina espuma de la brava mar.

- ¿Usted también cree en la leyenda? –escuchó una suave voz a su espalda. Mientras, un largo abrigo de color vivo, había alcanzado su posición y se había colocado a su izquierda, sin dejar de mirar al frente.

- ¿Qué leyenda, señora? –respondió. La miró esperando que volviera a hablar. Había sido seguramente realmente bella de joven. Ahora, las ojeras lo decían todo de ella. Y la palidez de una piel que algún día había brillado.

- Hace ya algún tiempo, comencé a venir todas las tardes a este lugar. No sé cómo se me ocurrió, pero en una de aquellas primeras ocasiones, arrojé una moneda al mar, pidiéndole que me otorgara el privilegio de volver a visitarlo al día siguiente. Que me diera sólo veinticuatro horas más.

El pescador vio como se llevaba la mano con dificultad a su bolsillo rojo. Temblaba, quizá por el frío, pero al final consiguió sacar otra moneda. Elevó su brazo hacia el cielo, y la manga de su abrigo descendió lo suficiente para dejarla realizar el movimiento. También descubrió lo que parecía una vía de tres pasos en su muñeca.

La moneda voló por los aires hasta chocar contra las olas.
- Aún no puedo explicar porqué he venido esta tarde. Está claro que la leyenda no es cierta, porque llevo tres días –tosió fuertemente durante unos segundos –sin poder venir a tirar mi moneda, y aquí sigo.
El pescador la miró con dulzura.

- Quizá no haga falta que sea usted quien tire la moneda. Las leyendas tienen mucha fuerza, señora. Sólo hace falta que alguien, aún siendo un desconocido, haya preservado su ritual todas estas tardes en que su coche no aparecía por el horizonte –la contestó sonriendo.

La mujer giró por primera vez la cabeza hacia el pescador, quien era ahora quien contemplaba impasible el movimiento de las aguas, y del mundo. Quizá el mundo siga girando, pero yo no esté tan parada frente al mar como creía, pensó.

Una nueva ola chocó violentamente contra las rocas, a la vez que una fina lluvia empezaba a salpicar su abrigo rojo, intentando quitarle color. Cosa que nunca conseguiría por mucho que el mundo y las nubes siguieran girando...


- Publicado por Chocolate –leyó en voz alta antes de apagar el ordenador.
Se dio cuenta de que ya eran las once y media de la noche, y todo se mantenía en silencio en su casa. Era hora ya de irse a dormir.

Aquella noche tampoco había faltado a la cita. Desde el primer mensaje que recibió en su bandeja de entrada, aquel primer contacto con Chocolate –su apodo en la red de redes –todas las noches leía durante unos minutos, que no le suponían nada, una nueva historia escrita por su anónimo “amigo”.

<< Pequeños cuentos para irse a dormir >> recordaba cómo los había denominado aquella primera vez Chocolate. Pensó que algún día sentiría la curiosidad suficiente como para intentar averiguar quién se escondía detrás de ese nombre dulce. No era una casualidad después de todo.

Todos la llamaban Nata, aunque fuera únicamente su apellido. Y eso que las galletas rellenas de nata, con dos cubiertas –una a cada lado –de chocolate negro, no eran sus preferidas.

Pensó por un momento qué historia podría depararle Chocolate a la noche siguiente y casi instantáneamente, se quedó dormida.

Mañana sería otro día


Soñadores