Encendió la lámpara de noche al escribir el último punto de la historia. Era su símbolo personal de que había terminado aunque, en realidad, en aquella no era más que el punto y seguido.
Antes de colgarlo en el blog personalizado, y revisarlo de arriba abajo como solía hacer cada noche, prefirió escribir el e-mail. Y lo hizo mirando cada rato a la foto que le acompañaba desde hacía más de un año al lado de su trabajo. Nunca se cansaría de observar aquella sonrisa. Era la que le daba fuerzas para escribir cada día.
Fuerzas para recuperarla.
Tecleó y tecleó en su ordenador, buscando la distinta forma de enlazar unas mismas palabras, elegidas de antemano mucho antes, para expresarlo todo. Lo que tenía pensado y lo que había que conseguir. Giraba la cabeza hacia la derecha, y el brillo de los dientes de Nata le hacían borrar todas las letras y empezar desde el principio. Desde el folio en blanco.
Una hora después, pulsó con la flecha del ratón el botón de enviar. Se sentía satisfecho, y al mismo tiempo, le temblaban las piernas. Nunca había tenido tanto miedo.
Pero era el inicio de lo que podía ser lo que siempre había imaginado una vez terminaba de escribirle los sueños a aquella chica y se metía en la cama. El principio del final más ansiado.
Sabiendo el tremendo camino que aún así había que recorrer, pero que ya había comenzado, volvió a leer la última historia que quería leer de los labios de Nata y que él mismo había compuesto expresamente para ella. Para que aquella noche también pudiera dormir con una sonrisa en esos mismos labios...
Las ruedas delanteras del taxi, conectadas a un rugiente motor, comenzaron a girar en cuanto el conductor dio así la orden con su pie derecho. Para entonces, yo ya estaba fuera, en la acera, guardando la billetera. Veinte euros desde el centro de Madrid eran más que una prueba irrefutable de lo alejado que estaba aquello.¿Qué más daba lo que hubiera costado? Total, dentro de dos horas aproximadamente estaría muerto.
No había nada malo en un último lujo, aunque no fuera más que una carrera mediocre en un taxi con un hilo musical mejorable. Y qué decir del taxista.
Saqué una cuadrícula concienzudamente doblada de mi bolsillo y me regocijé en haber cortado los flecos antes de darle su uso. Leí de nuevo la dirección en voz alta, como si siguiera dentro del taxi:
- Calle S –sonaba verdaderamente sarcástico. Doblé la hoja en cuatro trozos y la retorné a su lugar de origen.
Caminé pensando en todo lo que me había llevado hasta allí. Arrastraba los pies como si me pesaran, aunque supiera que el peso que cargaba cada vez era más ligero a medida que me acercaba a la mansión que ya se avistaba al final de la calle. Era enorme, la típica de un multimillonario. De la misma, por los bosquejos de alrededor, sólo se distinguían nítidamente los tejados grisáceos, los cuales se encontraban a una altura considerable. La estructura era típica –todo lo típica que puede ser una mansión de cuatro plantas- y estaba rodeado todo de zonas verdes.
Esperé hasta llegar a la verja para hacer una completa valoración. Los jardines de ambos lados rodeaban al parecer la casa por detrás, y varios larguiruchos árboles –como cipreses- coronaban los alrededores de la parcela. Desde mi posición no se podía ver nada más, así que me decidí a pulsar el interfono. Esperé unos segundos deleitándome una vez más de la enorme fachada de piedra.
- ¿Si? –dijo una voz masculina. El zumbido de un pequeño motor me hizo percatarme de la presencia de una pequeña cámara de vigilancia escondida en uno de los cipreses más cercanos a la verja. Estaba enfocándome en ese momento.
Los dueños de aquellas mansiones siempre valoraban dos posibilidades: poseer cámaras de grabación totalmente escondidas, silenciosas, y contratar a una persona que las visionara las 24 horas del día; o bien, hacerlas perfectamente visibles, y perceptibles, para que los ladrones se lo pensaran dos veces antes de llevar a cabo sus brillantes ideas.
Aquello parecía más bien un término medio.
- Soy Emilio Castañer –dije mirando a la cámara, sin saber porqué.
- Le estábamos esperando. Pase, sólo tiene que seguir el camino de piedra –habló el interfono antes de que un sonido eléctrico me avisara de que la verja iba a comenzar a abrirse.
Las dos cancelas, compuestas por lanzas plateadas atravesadas por otras dos orientadas perpendicularmente, se fueron separando al compás para dejarme pasar. A medida que avanzaba a un paso ligero, podía contemplar la exuberancia de aquel terreno. Podría haber albergado perfectamente un par tres de golf, y habría quedado espacio para la piscina que coronaba la entrada a la mansión. Casi dos minutos me llevó alcanzarla, y detrás de la misma se dibujaba mucha más propiedad.
Elevé las rodillas para superar mínimamente un par de pequeños escalones de mármol que llevaban hasta la puerta principal. Éstos estaban entre dos columnas del mismo material que soportaban lo que parecía un balcón en la primera planta. La puerta, de color blanco, estaba entornada pero, a su vez, no permitía descubrir nada del interior de la casa. Asomé la cabeza y supe el porqué.
La oscuridad invadía totalmente la estancia, salvo un resquicio de luz que penetraba a través de la rendija de la puerta y que rebotaba directamente en una pared blanca y desnuda.
- Quédese quieto –escuché desde el fondo de lo que tendría que ser el recibidor –No abra más la puerta de lo que ya lo ha hecho. Debería haber sido suficiente para revelar lo que tiene que hacer a continuación.
- ¿Cómo…? –pregunté sin pensar. Y sin mirar. Al invadir el hall, había girado la hoja de la puerta lo suficiente como para entrar por completo. Esto había iluminado algo más de la superficie blanquecina de la pared de la izquierda, aún dejando a oscuras todo lo demás, incluyendo la silueta de lo que se asemejaba a un hombre.
Una máscara veneciana de color negro y un “dos” rojo escarlata escrito en números romanos en lo que sería la frente permanecía colgada de una especie de gancho en la pared.
- Vaya hacia la máscara y ajústesela en la cara. Es parte de las reglas… -dijo de nuevo la silueta.
Sin rechistar, me dirigí hacia allí, aunque tuve que disimular la mala sensación que me había causado toda aquella parafernalia. El miedo, vamos.
Descolgué la máscara y me percaté de otro gancho vacío superior al mío. A su vez, otros tres o cuatro desfilaban en fila hacia el suelo. Un olor a cera consumida provenía de una vela alargada próxima a mí, la cual sólo se distinguía mínimamente desde esa posición. Un fino hilo de humo se alejaba de la misma, ascendiendo en línea recta por un camino ya pactado.
La máscara pesaba algo más de lo que aparentaba y poseía ambas cintas de tela negra a los lados. Era casi totalmente ovalada, salvo en la zona de la barbilla que se encorvaba de manera más pronunciada. Así podía encajar perfectamente. Los espacios para los ojos parecían dos arañazos realizados a la altura idónea y ensanchados con una lijadora. Al tacto, daba el pego con una arcilla pulida exquisita. Terminé por hacer un doble nudo a un nivel ligeramente superior a mi occipucio para que se enclavara totalmente.
- Bien, señor Castañer –escuché esta vez mucho más cerca. De repente, una llama de mediano calibre resplandeció en toda la sala hasta contactar con la vela del candelabro.
Súbitamente, dí dos pasos hacia atrás. Una nueva máscara veneciana se encontraba en frente de mí, igualmente negra como la mía, pero con el símbolo I pintado en la frente. La diferencia ahora es que la máscara ya se encontraba sobre la cara de alguien.
- No pretendía asustarle, por favor. Si me acompaña… -habló la máscara aún sin mover sus finos labios como el azabache. Desenganchó el cirio de su pedestal y se dio la vuelta. Le hizo señas para que le siguiera a la vez que guardaba el encendedor en el bolsillo de su chaqueta.
Ya que había llegado hasta allí, sería inconcebible dar media vuelta. He elegido venir hasta aquí yo, y nadie más. Quería creer que eran los veinte euros que había gastado en el taxi para llegar los que me empujaban a través del pasillo, pero era claramente otro destino, otra recompensa la que me hacía estar ahora vislumbrando ese paisaje negruzco. Finas telas de seda negra hacían de cortinaje, preservando al espectador –yo mismo- de los posibles adornos en las paredes que pudieran “desestabilizarle” para la consecución final de mi deseo.
Cruzamos únicamente un umbral hasta llegar a una escalera de caracol que descendía serpenteando más de lo normal.
- No se caiga, por favor. Si hubiera sido tan fácil no habría llegado hasta aquí, y no queremos tener que reconstruir un círculo que le necesita a usted para estar completo –me avisó al poner el pie en el primer peldaño de bajada.
La escalera estaba mínimamente iluminada para ese fin. Los peldaños de metal –así sonaban –se adivinaban más que verse, a poca distancia unos de otros. Eran casi triangulares, con rendijas en los mismos, a modo de ventilación. Fueron necesarios dos giros de trescientos sesenta grados para llegar al piso inferior.
Cuatro máscaras negras, exactas a la que llevaba yo, giraron sus perfiles desde el centro de la sala. La palabra secta satánica vino a mi mente de la impresión.
- Ya estamos todos –dijo Uno dejando la vela en un nuevo soporte que descansaba al borde de la escalinata –Tome asiento en la silla que lleva su nombre.
Lo único que vestía aquella estancia hexagonal –sin contar las tapices de seda negra que envolvían la mayor parte de la superficie de la pared –era una mesa con idéntica forma, colocada en la misma médula de la sala y que parecía de verdadera madera maciza. La escalera de caracol quedaba en uno de sus vértices, no entorpeciendo lo exquisito de su geometría.
Llegué hasta la silla sin no sentir durante todo el camino las miradas de aquellas máscaras de la muerte clavadas en mi persona. O en el II que me delataba como uno de los suyos, una de dos. Ellos y ellas –las curvas de sus cuerpos, así como la vestimenta que había elegido cada uno para aquella ocasión delataba sus diferentes géneros –formaban en conjunto los números del III al VI. Cada uno de ellos se encontraba igualmente sentado en el centro de su lado correspondiente en el hexágono de madera.
Hice ademán de saludar con la cabeza.
Mi silla se hallaba en frente de la escalera de salida, de cara a la misma, como un último y perpetuo intento del destino para incitarme a huir. Sabía que era mía porque sólo había dos de los seis asientos sin ocupar, y por el número dos romano de color sangre que la investía.
Parecía que la luz en aquella mansión era más cara que en el resto de Madrid y únicamente había cirios como el del hall iluminando el hexágono desde cada uno de los exactos ángulos. De tal modo, la oscuridad mandaba sobre lo demás en aquellos momentos.
Uno llegó hasta su silla –que se encontraba justo a mi izquierda –y tomó asiento igualmente. Suspiró dentro de su máscara, como si le fuera a costar comenzar a hablar, y elevó su tenebrosa faz.
- Antes que nada, les agradezco su puntualidad. Aunque crean que es absurdo, ustedes…bueno, mejor dicho nosotros…hemos elegido morir esta tarde –ningún culo se movió al escuchar esas palabras –y, por tanto, debemos seguir un horario. Esto está más que simbolizado en los relojes que descubrirán en frente de cada uno…
Como un resorte, todas las máscaras dejaron de mirar a la primera y dirigieron sus facetas de arcilla negra hacia las paredes. Seis relojes de aguja, de forma hexagonal sarcásticamente, se presentaban en lo alto de cada una de las caras de aquel prisma hexagonal.
- Están minuciosamente sincronizados, os lo aseguro –siguió explicando Uno –Ahora mismo marcan todos las cuatro y treinta y seis de la tarde, con veintisiete…veintiocho segundos…
Vi como el segundero de mi reloj, que estaba colgado detrás de la chica con la máscara V y a la derecha del cirio que nos había ayudado a descender sin percances a Uno y a mí momentos antes, llegaba hasta el número seis…treinta segundos…
- …están de acuerdo con ello? –escuché a mi izquierda. Las demás máscaras asintieron a distintos tiempos, al contrario que los relojes enfrentados con ellas –Bien, esto es así por una importante razón.
Uno rodó su brazo por debajo del tablero macizo de la mesa. Escuché un ligero clic y, de repente, un sonido mecánico acompañó a lo siguiente. Un pequeño rectángulo de mi lado de la mesa se deslizó sobre sí mismo, dejando un espacio vacío en la superficie. Entonces, una caja de cristal hizo su aparición elevándose desde las entrañas de la estructura de madera. En total seis estuches cristalinos se presentaron ante cada uno de nosotros, en la misma línea de mediatriz que los relojes.
En su interior, un revólver plateado y una única bala.
Por el rabillo del ojo, vi cómo alguien se levantaba abruptamente. El hombre que portaba la máscara veneciana con el IV en la frente comenzó a hacer aspavientos con los brazos.
- Si tuviéramos los huevos necesarios para esto no habríamos acudido a usted, señor cómosellame… -habló mientras cogía de su respaldo una chaqueta de pana, como preparando su retirada.
- Tranquilícese, señor Pávez…digo, Cuatro… No me ha dejado explicarme aún. Vuelva a tomar asiento, por favor –contestó firme a la vez que educadamente Uno. Volvió a esconder su largo brazo bajo la mesa y oí un nuevo clic. ¿Cuántos botones podría haber bajo aquel tablero?
Los cierres de los estuches saltaron al unísono, y las armas quedaron al alcance de todos nosotros.
- Si me permiten, voy a otorgarles el derecho a morir que todos tendríamos que disfrutar. Todos han acudido aquí por el mismo motivo. Todos han contestado a la llamada de aquel anuncio que un día leyeron, y que, cínicamente, les salvó la vida.
Todos quieren morir, pero no se atreven a llevar a cabo dicha acción.
No rechisté. Estaba en lo cierto.
- Yo les brindo esta única oportunidad. Sólo debemos seguir todos unas sencillas instrucciones, y en menos de una hora y media, nuestro, digamos…sufrimiento, habrá cesado…para siempre –Uno descansó por un instante y alcanzó su pistola –Hagan lo mismo que yo.
El frío que sentí en mi sien en ese momento, provocado por el cañón del revólver en las manos del anfitrión, fue el más gélido de mi ya larga existencia. A la vez, lo amaba como un abrazo más cálido que nunca.
Hicimos todos lo propio, alargando nuestros brazos derechos hacia el compañero de la derecha, el número inmediatamente superior.
- Por suerte, somos todos diestros… -Uno hizo como que terminaba la explicación sonora. La visual era aún más explícita.
Alrededor de aquella mesa hexagonal, cuyo lado conformábamos cada una de nuestras cobardes almas, se dibujaba una figura mucho mayor. Seis brazos estirados, uniéndose con las tétricas máscaras de Venecia de los más próximos a través de un arma de fuego, formando una estructura infinita.
Un magistral círculo de acero. Un círculo teñido de muerte.
viernes, 25 de julio de 2008
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