Arregló la silla, posicionándola en frente del portátil. Se sentó en ella, y tiró de la pantalla hacia arriba. Abrió el navegador y buscó en favoritos la página deseada: el blog que había creado hacía ya algunas semanas.
Colocó el marco de fotos que se encontraba a su derecha de manera correcta y se dispuso a comenzar a imaginar una nueva historia que compartir con ella. El fin era ya otro cantar.
Pero antes, volvió a observar la foto. Nata aparecía sonriendo, incluso parecía muy feliz surcando su cuello con su propio brazo. El cuello de Chocolate no recordaba haber sentido más ternura que la que aquel día el destino le había brindado.
Nada más despertar, se pasó el dorso de la mano por los orificios nasales y aspiró por ellos. Era ya un acto que se estaba conviertiendo en costumbre.
No recordaba cómo se había quedado dormido ni durante cuánto tiempo lo había estado; aún así se levantó. No era necesario saber cómo se había llegado a la cama –si a aquel remolino de sábanas se le podía llamar así –para por lo menos intentar salir de ella. Volvió a llevarse la mano hacia la nariz y respiró profundamente. Parecía que le habían dado una paliza, y lo único que de verdad le apetecía era seguir durmiendo durante días si era preciso.
En realidad, no era lo único. Había tenido esa sensación casi a diario desde hacía un año y sabía qué era lo que necesitaba exactamente.
Se tropezó con lo que quedaba de una silla de madera –sí que había sido una gran noche, pensó –y cayó de rodillas al suelo apoyando las palmas de ambas manos. Sintió un rápido escozor, pero hizo por auparse. La torpeza también formaba parte de aquella sensación. Llegó no sin dificultades hasta el escritorio que coronaba la pequeña habitación –la cual continuaba sin límite alguno con una pequeña cocina americana –y buscó como un poseso por su superficie. Agrupó una serie de puntos blancos en un pequeño montón y encontró una pequeña bolsa de plástico también. Intentó vaciarla más de lo que estaba sobre el mismo montón. Tras unos rápidos movimientos del canto de sus manos formó una corta línea blanca sobre la mesa y acercó una de sus fosas nasales hasta un extremo de la misma.
Aspiró violentamente.
- Como nuevo –pensó al instante. A los pocos segundos notó como recuperaba la fuerza y la destreza. Su pulso se aceleraba hasta hacerse presente y sus músculos tenían la necesidad de moverse. Elevó sus brazos hasta que quedaron las palmas a la vista, la cual podía enfocar correctamente por la mínima dilatación de la pupila que también se había producido. Entonces descubrió que estaban manchadas de sangre.
- ¿Qué coño… -dijo en voz alta. Su locuacidad no había llegado aún a gran término. Miró a su alrededor y vio los trozos de la silla por los suelos. Acababa de tropezar con ellos y había apoyado sobre los mismos las manos. Incluso atisbó alguna astilla clavada – Verás ahora para sacar a la puta…
Caminó hacia el aseo –el único cuarto de baño del que disponía su apartamento –y no llegó a entrar por la visión.
Unas botas negras tumbadas traspasaban el umbral que limitaba ambas estancias. Lógicamente, pertenecían al cuerpo que se encontraba boca abajo en el mismo baño. Un hombre de complexión media –más o menos como él –yacía en el centro, proxímo a la bañera y debajo del lavabo –pocos metros cuadrados era la tónica general –y un charco de sangre servía de almohada para su cara. De ese charco, parecía haber corrido sangre en busca de la bañera, en forma de secos hilos de color granate que se perdían en el borde de la misma.
- Mierda, mierda, joder… -susurró a la vez que no paraba de moverse. Se dirigió de nuevo a la cama y se sentó en el borde. Un segundo después ya se había levantado y andaba dando vueltas por la habitación, sorteando los trozos de madera deshecha. De vez en cuando, se pasaba la mano por la nariz.
Poco a poco, fue recordando imágenes de la noche anterior. Volvió a sentarse en la cama. Allí se encontraba él junto con un amigo, el “Talcos”. Reían y reían, mientras contaban historias de ese último año.
- Y tu madre decía que no te juntaras conmigo, ¿te acuerdas? –dijo el Talcos mientras bebía de una botella de cristal transparente.
- Hija de puta, tío –contestó él alargando el brazo para atrapar la misma botella. El Talcos alejó a propósito la misma, sin querer compartir aquel alcohol –¡Ojalá se pudra allá donde esté! ¡Pásala, tío! –gritó esta vez, logrando alcanzarla.
- ¿Quién sino yo te iba a conseguir… -el Talcos sacó del bolsillo de su camisa de cuadros verdosos una bolsita transparente con un polvo blanco en su interior y se la tiró -…esta belleza?
- Eres grande, tío –aduló él. La abrió rápidamente y se fue al escritorio para esparcerla sobre la mesa. Con movimientos mecánicos, y tras haber sacado una tarjeta de crédito del bolsillo del pantalón –el calor que había comenzado a invadirle había hecho que fuera la única prenda que portaba aún-, repartió en cuatro líneas perfectamente equitativas el total de la bolsita –Ésta va por ti… -y llevó su nariz hasta una de ellas…
En el escritorio ya no había ni un ápice de droga. ¿Qué iba a hacer con el cuerpo llegado a este punto? El poco espacio entre escritorio, cama y armario le servía como particular camino para su maraton. De vez en cuando hacía como que se dirigía hacia la cocina pero después volvía sobre sus pasos para seguir sorteando los trozos de silla.
Con el sudor encharcándole la frente, así como las axilas de su camisa, fue sintiendo cómo su cuerpo se acercaba, inconscientemente o no, al baño. Cuando volvió a percibir la sangre en sus manos, tuvo la excusa perfecta.
Pasó al aseo, esquivando las tiesas piernas del cadáver. Llegó al lavabo y abrió el grifo de agua fría. Internó sus manos bajo el chorro y vio como la sangre –aún fresca –salía sin dificultades de la superficie de su piel. Giró su cabeza hacia atrás para contemplar el cuerpo a la vez que cerraba el agua.
Se agachó y examinó más detenidamente a su amigo. Todo el pelo estaba lleno de sangre, al igual que la zona rostral. Incluso podía adivinarse dónde se había producido la mayor cantidad de golpes: la parte izquierda del cráneo estaba reventada y una sustancia gelatinosa intentaba salir por los múltiples orificios. En realidad toda la cabeza era una masa ingente de sangre coagulada; tanta como para no ver siquiera las facciones toscas características del Talcos.
Mientras le observaba por última vez, reviviendo las acciones que le habían llevado a tal situación –y de la que se tenía que empezar a preocupar ya si no quería tener problemas –buscaba el último regalo por parte de su amigo. Lástima que no hubiera nada en el interior del bolsillo de su camisa de cuadros verdosos, la cual le tapaba la espalda desnuda. Lo habían gastado todo aquella noche.
Se aupó y volvió a mirar a ambos lados de la grifería del lavabo.
- Ahí estáis –dijo alegremente descubriendo pequeños trazos de polvo blanco esparcidos por el mármol blanquecino. Acercó la cara hasta casi sentir el frío metálico del grifo y…
…respiró profundamente, incluso saboreando en la acción el olor de la madera del escritorio. De los cuatro hilos de cocaína que había preparado hacía unos minutos ya no quedaba más que uno.
De repente, sintió una cálida sensación corriendo a través de sus labios. Intentó disfrutar del sabor de la sangre cuando ésta le llegó a la lengua.
- Mierda, tío, otra vez… -dijo el Talcos cuando se dio cuenta de que su nariz volvía a sangrar. Ésta vez lo hacía de manera más profusa que las anteriores –tenía que ir considerando la idea de engranarse un tabique nasal de metal –y colocó las manos de manera que no hubiera huecos entre ellas para formar una pequeña piscina de sangre en su concavidad. Mientras tanto, él se mantenía absorto mirándole desde el filo de la cama. Se dispuso a hablar, emanando un clima de consternación.
- Eh, tío, tío…¿qué te está pasando, tío? –se levantó asustado -¡Tío, tío, quítatelos! –comenzó a hacer aspavientos con los brazos, dirigéndose hacia Talcos -¡Te están saliendo de la nariz, colega! ¡¡Quítatelos!!
- Es solo sangre, macho… ahora me lavo –dijo Talcos riéndose de las alucinaciones de su amigo.
Él hizo caso omiso de las palabras de su amigo, y comenzó a lanzar manotazos sobre su cara. El Talcos chocó contra el escritorio, deformando así la perfecta línea blanca de droga que aún perduraba. Miro tras de sí para sufrir más directamente la terrible pérdida, y entonces sintió las manos del otro en su cara. Las uñas se clavaron en los alrededores de su nariz.
- ¿Pero qué haces, tío? –gritó una vez más el Talcos, propinándole un sonoro puñetazo en la cara que le tiró contra una silla. Ésta se partió en múltiples trozos.
- Te salen cucarachas de la nariz, tío –dijo levantándose de un salto y volviendo a ir a por el Talcos -¡Tienes que deshacerte de ellas!
- Estás alucinando, colega… -volvió a impulsarle hacia atrás, a la vez que alcanzaba el baño. Abrió el grifo del agua fría para lavar la sangre de sus manos y no escuchó la presencia del otro.
Él, tras ver cómo las cucarachas que salían de todos los poros de la piel del Talcos, y pensar que la mejor forma de acabar con ellas era eliminar su origen, agarró del pelo al Talcos y estampó su cabeza contra el blanco del lavabo. Éste cayó al suelo conmocionado, con una gigantesca brecha en su frente de la que salía una sábana de sangre. Consiguió arrodillarse próximo a la bañera, aún sin saber qué había ocurrido exactamente. Pero las cucarachas ahora salían de su frente bajo la visión de su colega, que no dudó en rematarle. Asió del cuello al Talcos y reventó su parte izquierda del cráneo contra el borde de la bañera. Tres, cuatro, cinco golpes consecutivos.
El cuerpo del Talcos fue resbalando poco a poco hasta dejar de sostenerse por sí mismo y acabar en el centro del aseo, boca abajo. Las cucarachas seguían saliendo del “roto” izquierdo de su cráneo, aunque su movimiento rápido se había visto seriamente afectado. Como no sabía hasta cuándo iba a durar aquella tregua, dirigió sus pasos hacia el exterior del cuarto de baño…
Salío del cuarto de baño y se encontró de nuevo con el destrozo de la habitación principal del apartamento. El escritorio estaba ladeado y la cocaína de su superficie –que alguna vez fue una línea –ahora se encontraba desperdigada. ¿Continuaba allí? Le parecía habérsela esnifado antes de encontrar el cadáver del Talcos, nada más despertar.
La respuesta a esa pregunta no formulada no iba a cambiar el resultado. Volvió a adjuntarlas en un mismo montón –miró la mano con que había realizado ese movimiento y se extrañó que la herida que se había hecho con los restos de la silla al caer anteriormente hubiera sangrado tan rápidamente de nuevo. También había sangre fresca en su otra mano. Pensó que se había acercado demasiado al cuerpo manchado de su amigo –y volvió a aspirar por la nariz.
El chirrido de la puerta de la entrada le asustó. No había escuchado la cerradura así que imaginó que habría permanecido entreabierta durante toda la noche, por culpa de alguna de sus lagunas mentales. Sin pensárselo dos veces, corrió hacia el armario y se internó en él.
Al principio escuchó unos leves y lentos pasos de alguien que penetraba en el apartamento, como cerciorándose de que no hubiera nadie. Despacio, intentó deslizar una de las puertas del armario, con el fin de crear una rendija de luz por la que ver quién acababa de arrodillarse en el umbral del cuarto de baño.
Por un momento, los pies desaparecieron en el interior del aseo. Escuchó la voz del desconocido, como si estuviera hablando con el cuerpo sin vida del Talcos. Segundos después, volvía a salir con la camisa de cuadros verdosos en la mano y, sin más, salió del apartamento cerrando la puerta tras de sí. La imagen de aquel –ahora no tan desconocido –le hizo instintivamente tirar de un fino cordel que pendía del techo del armario. Una bombilla se encendió en el interior, reflejando su faz en el espejo de la puerta.
Una horizontal brecha coronaba su frente, manchada también de sangre. La parte izquierda de su cráneo se encontraba hundida hacia dentro, deshecha, dejando entre ver una cierta cantidad de masa gelatinosa que salía de su interior. Su cerebro.
A su vez, descubrió que era él quien tenía colocada sobre su espalda, a modo de sábana mortuoria, la camisa de cuadros verdosos del Talcos.
Era él quien había terminado con la tercera raya, a quien le había sangrado la nariz manchando sus dos manos, quien había empujado al Talcos contra la silla tras empezar éste a gritar que de su nariz no salían más que negras cucarachas. Quien había llegado al baño para lavarse y había sentido el primer golpe propinado por el Talcos. Y todo lo que a ello siguió.
Quien yacía en el suelo del baño, en medio de un charco de sangre, ya sin camisa que le librara del frío que no pueden sentir los muertos, no era otro que él.
domingo, 22 de junio de 2008
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