Dio un portazo para que sonara en toda la casa, pero sobre todo en el salón donde segundos antes se encontraban los dos cenando, y se diera cuenta de que estaba enfadada. Como lo había estado durante mucho tiempo.
Pero él ya no hacía nada al respecto. Y eso que era su padre.
Al principio había intentado defenderse de sus constantes críticas. Había argumentado con palabras por qué había hecho lo que había hecho. Pero ya parecía no afectarle.
O es que ya estaba afectado del todo y las palabras de Nata contra él ya no hacían efecto sumatorio.
No habían vuelto a tener una conversación pausada en que no saliera a relucir –siempre por parte de ella –la decisión que tomó. Y Nata, al recordarlo, no podía más que crisparse. Para ella no había razón posible para defender que no hubiera permitido ver por última vez a su madre.
Subió las escaleras todavía despotricando contra él –antaño por su madre; esa noche por unos guisantes mal cocinados –y se encerró en su cuarto procurando que el portazo también se escuchara.
En aquel momento sólo le apetecía encender el ordenador y conectarse para sumergirse en una nueva historia para poder dormir. Era curioso, pero Chocolate había llegado a su vida justo cuando lo había necesitado. Como una forma de olvidar a su madre, y más importante, de ignorar, por unas horas de sueño, y los minutos previos de lectura, a su padre.
Introdujo su contraseña para acceder antes a los mensajes electrónicos. Descubrió que tenía uno de Chocolate, cosa que no se había repetido desde el inicio de las historias, cuando todo se creó para ella, y se le presentó de esa manera como una válvula de escape.
Prefirió leerlo al final, justo minutos antes de meterse en la cama, y nadó antes por los mundos que había construído para ella aquel desconocido.
Noté cómo la primera gota de sudor se fusionaba con el acero del revólver que descansaba sobre mi sien, dando al conjunto la cualidad de emanar un frío húmedo que, al principio, me congeló el cerebro.
La imagen del círculo más extraño jamás creado perduraría en mi cabeza durante la hora y media que me quedaba de vida. Y ojalá hubiera sido menos. Rememorar el fotograma de seis máscaras venecianas de color negro, sin rasgos ni facciones que expresaran sentimiento alguno ante las pistolas que dispararían las balas que acabarían con sus vidas, sentadas formando una figura que, en otras circunstancias significaría la perfección absoluta, no era una sensación nada agradable.
Pero como había dicho Uno, el anfitrión de aquella tétrica reunión –las sedas negras que envolvían la estancia hexagonal, solamente alumbrada por unas tímidas llamas que ni siquiera ondulaban para intentar dar más luz al suceso –estábamos allí porque no nos habíamos atrevido –cada uno, con sus respectivos detalles –a matarnos.
Todos, en algún momento de la pasada semana, habíamos abierto el periódico como cualquier mañana. Y habíamos descubierto en nuestro trascurso de la lectura un ínfimo hexágono englobado en un rectángulo no de un tamaño mucho mayor en la sección de anuncios por palabras. A la derecha de los perros que se venden y a la izquierda de la venta de otros cuerpos –que también podían recibir el nombre de otros animales de indistinto género.
Estrictamente, ponía: “Para aquellos que deseen terminar, de una vez por todas, su partida. Dibuja tu Game Over”. Debajo, un número de móvil.
Sólo a una mente enferma se le podía haber ocurrido publicar aquel anuncio. Sólo a cinco mentes enfermas habían sabido descifrar lo que realmente anunciaba.
Cuando sonó el gatillo a unos centímetros de mi frente, cerré súbitamente los ojos, como si así estuviera realmente preparado para recibir la bala que llevaba mi nombre. Después, miré a las demás máscaras. Aunque sólo enseñaban sus ojos –y el masticar que pude notar en la máscara VI, como si estuviera comiendo chicle –noté el mismo miedo, que ahora mismo estaría dibujado en mi rostro, a través de ellos.
- Tranquilo, está descargada –comentó Uno al notar mi reacción –No será así a la seis de la tarde, claro –siguió explicando abiertamente –Esa es la hora elegida para que llevemos a cabo nuestra última acción en vida. Como han podido imaginar, en la simultaneidad de la misma radica la importancia del asunto. Si, por cualquier causa, alguno de ustedes –y yo mismo, claro –nos acobardamos en el último momento y no apretamos el gatillo…
- Estaríamos jodiendo a otro de los presentes –terminó el hombre de la chaqueta de pana, la máscara número IV.
- Exacto, le dejaríamos con el culo al aire –confirmó Uno –ya que no mataría al compañero de su derecha y le dejaría en la misma situación en la que se encuentra ahora, pero con cinco cadáveres a su alrededor.
- Dios mío… -susurró Cinco desde el lado de la mesa opuesto al mío –Qué horror…
- Por esta razón los relojes están perfectamente sincronizados –Uno elevó su dedo índice para señalar el reloj que colgaba de la pared de enfrente –Un dispositivo láser enlaza cada uno de los relojes, controlando así esta sincronización. En el momento en que alguno de los relojes se retrasa un microsegundo, el dispositivo lo percibe y vuelve a sincronizarlo con los demás…
Un fino hilo de color rojo se adivinaba sobre la seda negra, uniendo ambos laterales de todos los relojes.
- …Por eso es terriblemente importante que cuando veamos que el segundero del reloj que nos corresponde a cada uno llega al número 12, significando que son las seis de la tarde exactas, apretemos el gatillo de nuestras pistolas. Recuerden esto para cuando llegue el momento.
Todos habíamos dejado ya nuestras pistolas en sus correspondientes estuches de cristal en distintos momentos de la explicación, como si nos pesara el portar en nuestras manos las armas con las que acabaríamos –por una buena causa –con las vidas de nuestros homónimos compañeros.
- Vuelvan a coger sus revólveres –ordenó Uno –y saquen los tambores. Vamos a introducir ya la bala por si llegáramos pillados de tiempo a la hora señalada. Se hace así…
Mostró como sacar con un ligero movimiento el tambor de acero de las pistolas, y nos enseñó dónde debíamos colocar la única bala que había aparecido junto con el arma dentro del cofre acristalado. Tres, Cuatro y Cinco necesitaron que se acercara hasta su posición para conseguirlo.
- La bala tiene que estar en el agujero inmediatamente superior e izquierdo al revólver. Sólo así el arma cargará ese proyectil cuando llegue el momento –hizo lo propio con el suyo e introdujo la pistola en la caja de su lado –A continuación cierren sus estuches como yo, escuchando un ligero clic en la maniobra.
Dejé cuidadosamente, como si pudiese dispararse por una fuerza invisible, mi arma en el fondo del cristal y empujé sutilmente la tapa hacia abajo. Un sonido mecánico, como si una pestaña de hierro se encajara en la abertura idónea, se sucedió primero en mi estuche, seguido por similares en los de los demás.
- La cajas sólo se abrirán automáticamente a las seis menos cinco. Entonces tendremos cinco minutos para ultimar los detalles. Ya saben… esas cosas que se hacen antes de morir.
Me imaginé una ligera sonrisa debajo de la máscara negra que portaba el I.
Nadie se movía de su asiento, esperando que el anfitrión continuara hablando. La chica de la máscara V intentaba morderse las uñas sin resultado. La pequeña abertura que correspondía a la boca no lo permitía. Sin embargo, la mujer que a mi lado se sentaba, Tres, parecía bastante tranquila. No había venido tan “arreglada” para morir como los demás. El hombre del IV en la frente se había quedado satisfecho por fin con la explicación y ya no amenazaba con marcharse.
Al fin y al cabo, había venido por su propio pie.
- Mientras llega la hora indicada, podíamos pasar el rato conociéndonos un poco más… -reanudó el anfitrión el parloteo –Básicamente, los motivos que han llevado a cada uno a sentarse ante esta mesa podrían ser, digamos…interesantes para todos.
¿Qué mejor forma de pasar la última hora y media de vida que practicando el deporte nacional? Cotillear cinco historias ajenas a la mía, pero que acabarían de la misma manera me hizo asentir casi sin querer. Las demás máscaras también parecían de acuerdo en gastar aquel rato de esa manera.
Uno giró su cabeza hacia la izquierda, mirando a la máscara número VI.
- ¿Yo? –se sobresaltó Seis -¿Por qué tengo que ser yo quien empiece?
- Bueno, no hay una razón concreta… -Uno hizo como que se acomodoba en la silla –Pero sólo por el hecho de que vas a ser tú quien va a matarme, podrías obviar cualquier otro motivo y simplemente empezar a hablar. Tarde o temprano, te llegará tu turno…
Seis se dirigió a nosotros como aquel que mira al jurado que pronto va a anunciar que han considerado que es culpable. Me imaginé en su situación, sabiendo que el motivo de Uno podía llegar a ser muy bueno, y viendo como me observan cinco máscaras negras de la época barroca. Al final acabaría haciendo lo mismo que Seis, comenzar mi historia…
<< Me llamo Manuel Escalante, pero pocas veces me han llamado señor Escalante. En mi entorno, hasta dentro de mi familia, lo único que escuchaba antes de mi apellido era la palabra Doctor. Nunca en mi vida se me ha antojado investigar para realizar una tesis, con lo que ya se imaginarán cuál es mi profesión.
Pues ni la medicina que ejerzo desde hace casi treinta años me han librado de la enfermedad, la cual me rodea cada vez más. Me aprisiona y no me deja respirar.
Hace dos años, experimenté de nuevo una sensación maravillosa, la de la libertad. Aquella que perdí cuando llegó Daniel, mi hijo, al núcleo familiar. Y que se vio más reducida aún cuando nació mi pequeña Rosa. No me arrepiento de todo lo que he vivido con ellos, de los abrazos que les he dado, de la educación que he intentado inculcarles… Sus recompensas han proporcionado: Dani está haciendo un máster en el extranjero, muy importante y elitista; Rosa ha preferido seguir los pasos de su padre y pronto terminará la carrera y se convertirá en una cirujana ejemplar.
A lo que iba, cuando se fueron de casa para cada uno emprender sus caminos, Gloria y yo recuperamos esa libertad que perdimos tan jóvenes. Las cenas de empresa, con los compañeros del hospital, se habían transformado en íntimas salidas nocturnas con ella, como antaño, en que degustábamos deliciosas exquisiteces internacionales acompañadas de un gran vino, a la luz de cualquier luna, como antaño. El postre directamente lo servíamos en el dormitorio. Ya no me acordaba de lo que era capaz de hacer.
Precisamente esa fuerza que la caracterizaba entre las sábanas –y más importante, fuera de ellas –era la que me había enamorado en su día. Cualquier problema que pudiera haber habido durante aquellos veinticinco años a su lado se había vuelto una nimiedad con sus consuelos, sus palabras, sus consejos. Tenía respuesta y solución para todo, y yo siempre me había apoyado en esa cuestión en ella. No había ni un ápice de debilidad externa en su alma. Por lo menos, a mi simple vista.
Pero todo cambió al mes de comenzar esa nueva etapa de nuestra vida…
- ¿Y esto? ¿Qué me dices de esto? –dije yo rodeándola con los brazos para mordisquear su oreja derecha. De todas las zonas desnudas de su cuerpo tenía cierta debilidad por aquel redondeado lóbulo derecho. Era anatómicamente perfecto.
- Está bien, pero yo creo que se podría mejorar… -contestó ella mientras sonreía lascivamente tras haber sorteado un nuevo mordisco de mis labios –Tal que así… -siguió susurrando mientras descendía besando cada centímetro de mi pecho hasta llegar al ombligo. Se paró ante mi totalmente blanco slip e introdujo la uña roja de su índice, jugando a estirar la goma. Elevó la cabeza mientras seguía sonriendo. Su cara no había cambiado en demasía en esos años, y los aires de juventud que se adivinan en determinados detalles seguían a flor de piel, por lo menos para mis ojos.
Dejó el slip en su sitio y comenzó a negar con el mismo dedo con el que ya había tocado mínimamente mi sexo. Ese juego también había sido su preferido.
- ¿Cómo que no…? –reí yo antes de que ella volviera a acercar su boca hasta mi ombligo.
De repente, Gloria comenzó a toser sobre mi slip. Una última tos violenta que hizo vibrar mi cabeza cuando vi su producto sobre mi ropa interior. Ella también se llevó la mano a la boca, para sentir sus labios mojados de sangre. >>
- Qué injusta es esta vida… -comentó en alto la chica del número V.
- ¿Qué le pasaba exactamente? –se interesó la mujer de mi derecha.
El doctor Escalante hizo una pausa en su narración a favor de la tensión propia del relato y después siguió. No estaba seguro, pero parecía que ya no masticaba el chicle que me había parecido haberle visto. Se lo habría tragado de la emoción.
<< Mis contactos en el hospital sirvieron únicamente para adelantar la tragedia. Aquella libertad de la que habíamos disfrutado durante un mísero mes –un mes que nunca olvidaré –se esfumó por la puerta de la consulta del neumólogo justo después de que la cruzáramos por primera vez.
- ¿Están ya los resultados, Javier? –pregunté a mi colega leyendo en sus ojos lo que me iba a empezar a contar en unos segundos. Más de cien veces había transformado mi cara en el rostro que él ahora mismo vestía para intentar comprender el dolor que iba a transmitir a mis pacientes a partir de ese momento.
- Me temo que sí, Manuel… -contestó sin mirar a Gloria, que ya se había sentado en la silla de la consulta. Se sentó mirando la carpeta que estaba abriendo, leyendo un informe que se sabría de memoria, pero cuyas letras no podían contagiarle el miedo que se dibujaba minuto a minuto en nuestros rasgos –No son buenas noticias…
Por fin, se levantó y fue a sentarse en el borde de la mesa para alcanzar a dar la mano a Gloria. Había vencido el miedo de hacer su trabajo cuando detrás de la mesa de los diagnósticos se encontraba un compañero y amigo.
- ¿Es lo que nos esperábamos? –pregunté yo tras ver que Gloria no dejaba de mirar la silla donde ya no se encontraba el doctor. Observaba la nada.
- Grado 3, sí… -respondió él apretando con fuerza su saludo hacia Gloria –Pero tenemos posibilidades, Gloria. Ahora tenemos que luchar con uñas y dientes.
Hacía días que a mi mujer ya no le quedaban uñas y los dientes no los había utilizado para nada más que para acabar con las primeras. Después se habían mantenido dentro de la boca, inservibles para masticar los alimentos que en su mente no entraban, desaprovechados para mascullar las palabras que no había querido decir. >>
- ¿Tenía cáncer? –preguntó el hombre de la chaqueta, Cuatro.
Seis no se atrevió a responder y se llevó el puño a la boca. Parecía haber olvidado el detalle de la máscara que le impodía metérselo en la boca para liberar tensiones mediante el mordisqueo del mismo.
- Qué afortunada… -escuché hablar para sí misma a la mujer de mi lado, Tres. Luego negó con la cabeza y miró a su regazo, haciendo entender que las siguientes palabras que salieran de Seis como continuación de la historia ya no le interesaban.
<< El cáncer era inoperable por su tamaño y su potencial diseminación con lo que esa posibilidad se había descartado desde el primer momento. Después de pasar varias sesiones conjuntas entre los neumólogos y los oncólogos, se decidió que la mejor arma a utilizar era una quimioterapia totalmente ofensiva, potente, acompañada de unas dosis de radioterapia que ayudaran de alguna manera.
Yo supe el efecto que iba a causar todo aquello en mi mujer nada más salir de la última reunión en que se acordaron los parámetros en que ondularían las dosis. Gloria sólo lo pudo comprender un par de semanas o tres de que ya hubiera comenzado la devacle.
- Me ha dicho el oncólogo que ya tiene los resultados preliminares de las primeras dosis. No he sido capaz de leer sus conclusiones por teléfono. Si me lo hubiera dicho en persona no se me habría escapado…
- Manu… -dijo Gloria casi sin abrir la boca, como si se hubiera transportado de nuevo a la consulta del neumólogo, aquel día que recibió sin cerrar los ojos la noticia.
- Pero tengo la sensación de que no van a ser malas noticias, ya lo verás. Tienes que ser fuerte…
- Manu… -intentó una vez más Gloria recogiendo con el puño el empiece de la sábana. A medida que pasaban los segundos sacaba de algún lugar olvidado el ímpetu para arrugar entre sus manos la tela. Impaciencia.
-…tal como lo eras antes y que fue lo que más me gustó de ti, Gloria. Tu fuerza para pisotear y romper cualquier barrera…
- ¡Joder, Manuel! –gritó de repente incorporándose sobre la cama. Era una incorporación metafórica, ya que únicamente los efectos secundarios del tratamiento le otorgaban el poder inclinarse mínimamente –Estoy intentando decirte algo…
Vi como las primeras lágrimas comenzaban a mojar sus ojos. Unas lágrimas que no habían hecho en ella aparición salvo en momentos de alegría, ni siquiera en los dos meses que llevábamos ya con la opresión de la enfermedad sobre nosotros.
- …no tengo fuerza ya. ¿No me ves? –Gloria abrió los brazos, mostrando sus delgados antebrazos y las gomas de gotero que de ellos colgaban –¡La mujer enérgica que antes te hacía el amor todas las noches se ha ido!
- Tonterías, Gloria. Estás cansada de estar tumbada en esta cama por culpa de ese maldito tratamiento pero ya va quedando menos, cariño… -intenté disuadirla –Precisamente en el ánimo radica una parte importante de la quimio…
- ¡A la mierda el ánimo! –se enfureció más aún –Estoy agotada, sí… ¡pero de vivir!
- ¿Qué dices, Gloria?
- Que a mi también me afectan las cosas, Manuel. Siempre has estado con la historia esa de mi fuerza, de que yo todo lo arreglo, que si soy invencible, que es lo que te gusta de mí… -hizo una pausa para respirar y segregar más saliva. Cada vez le costaba más hablar por esa razón. -¡Pues entérate! ¡Tengo un miedo atroz! ¡A todo! La enfermedad, el tratamiento, las secuelas…¡Nunca me he sentido tan vulnerable y me ahoga esta sensación más que todo lo que pueda tener en el pulmón!
- Pero…
- ¡¡Así no quiero seguir respirando!! ¡Es tan irreal! –me cogió de la mano en cuanto estuve a su alcance –Por favor, hazlo por mí…
Al principio no comprendí lo que me estaba pidiendo y la miré con ignorancia en mis ojos. Después estos se transformaron en incredulidad. Por último, negué con los mismos a la vez que con la cabeza.
- Ya no soy la que era, Manuel… -dijo al final.
En ese momento, un hombre de mi edad atabiado con una bata blanca entró en la habitación. Llevaba una especie de archivador azul repleto de papeles que salían por todos los lados.
- ¿Interrumpo? –preguntó sin esperar contestación –Es que tengo los resultados que te comenté –se dirigió primero hacia mí. Abrió el archivador y miró a Gloria directamente a los ojos. Esta vez no había desvíos de mirada que valieran –El tratamiento está funcionando como nunca lo habríamos previsto. Las diferentes masas han reducido su tamaño en más de la mitad, Gloria…
- ¿Qué? –se le escapó a ella -¿Qué está diciendo…?
- ¡Felicidades, Gloria! ¡Tiene que estar contenta! –exclamó sinceramente exaltado –Hemos decidido acortar el tratamiento y sólo tendrá que llevar esos tubos unidos a sus venas algunas semanas más. ¡Está siendo todo un milagro, se lo aseguro! Es la comidilla de todo el departamento, Manuel…
- ¿Va todo bien, entonces… -pregunté yo sin creerme que aquel rostro había evolucionado en tan sólo unos días.
- Genial, diría yo –terminó.
- ¡Oh! –abracé a Gloria en aquel momento como nunca me hubiera imaginado hacer por toda la parafernalia que llevaba encima. Ya no importaba… La besé en la mejilla y ella me devolvió el beso por primera vez en tres semanas. Después, me dirigí a su oído.
- Lo has conseguido, cariño… -apretó aún más sus brazos contra mí a modo de respuesta -¿Me olvido entonces de lo que me acabas de decir?
Gloria se separó de mí durante un momento. Sonrió carnalmente como aquella última vez en la cama y asintió. Un segundo después volvía a tener la fuerza de sus brazos a mi alrededor. >>
- ¡Qué bien! –animó Cinco –Al final todo salió bien…
Tres volvió a prestar atención y Uno apoyó los codos sobre la pulida madera pareciendo no entender nada.
Para sorpresa de todos, la máscara VI negó con la cabeza.
- Gloria murió cuatro días después tras tres en la UCI intentando remontar su maltrecho estado. La misma noche de la buena nueva tuvo importantes vómitos por el tratamiento. Por eso, su esófago se perforó. Uno tras otro, comenzaron a fallar sus órganos, debido al shock séptico que causó la rotura.
El frío que había corrido mi cuerpo se había convertido en una deliciosa ducha caliente comparado con el que ahora recorría mi espina dorsal. Y la de las demás máscaras por las poses inmóviles que imitaron unas de otras.
- Por eso estás aquí ¿no? –se dirigió Uno hacia Seis.
- En parte… -dijo –Hace unos días me han descubierto a mí una pequeña masa en el cerebro…
Dejó de hablar al entender que su historia ya había terminado. Ahora le tocaría el turno a otro. Aún así, la máscara VI se quedó absorta mirando el centro de la mesa, y después la pistola encerrada de su lado. Su mente no dejaba de dar vueltas a la última noche en la habitación del hospital con Gloria.
Pero esa historia, era sólo para él.
<< Notó una ligera vibración en su bolsillo. La alarma había actuado a la perfección. Deslizó con sigilo la manta que utilizaba en el butacón de la habitación del hospital para cubrirse y se levantó sin hacer ruido. Así mismo, cogió el cojín que le había servido de almohada durante aquellos días.Caminó hasta la cama de su mujer, que dormía más plácidamente que nunca por las esperanzadas noticias.
Ella misma lo había dicho y él mismo lo había visto. Sus ojos ya no tenían fuerza. Y él no quería una mujer débil a su lado. Los presidentes de gobierno, los alcaldes, los grandes artistas, los grandes médicos… todos debían tener gente fuerte a su alrededor por lo que pudiera pasar.
Y Gloria ya no cumplía las aptitudes precisas para ello. El miedo se podía apoderar de ella como en aquella ocasión que para él ni mucho menos había pasado. Y él no soportaba a las personas débiles, que quisieran matarse antes de seguir luchando.
Acercó con cautela la almohada hasta su cara y después apretó violentamente. Su estado había posibilitado que dejara de luchar por respirar tan rápido. El cambio de turno de personal a esa hora había hecho el resto.
Miró a la puerta por si a través de la luz exterior descubría alguna silueta. Nada. Colocó a su mujer en una posición menos extraña para dormir y volvió al butacón. Se arropó igual que antes con la manta y se acomodó la cabeza sobre el respaldo para seguir durmiendo con la ayuda de aquel cojín. Con el que acababa de matar a su mujer. >>
La máscara VI ya no miraba ni la pistola ni el centro de la mesa. Ahora miraba a los cinco presentes, sin escuchar lo que ahora tenían que decir ellos, disfrutando al pensar que seguramente, ellos, serían igual de débiles que Gloria.
Y eso, para él, no se podía consentir.
martes, 5 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario