miércoles, 27 de agosto de 2008

El Círculo de Acero -Parte III- (by Din)

Asombrada por el misterioso final de la segunda parte de la historia que Chocolate había enlazado durante dos noches consecutivas –y a lo que se había acostumbrado después de aquel cuento de “la mujer del abrigo rojo”; la verdad es que tenía su encanto la forma en que dejaba la miel sobre sus labios de una manera meramente metafórica –se decidió a leer por fin el e-mail que él mismo le había enviado.
El asunto del correo anunciaba un “Encuentro”. Esto la hizo ponerse algo nerviosa, aún a sabiendas de que se seguía encontrando frente a una inofensiva pantalla de ordenador, tumbada en una cómoda cama individual, lejos de la crispación que le causaban las equivocadas decisiones de su padre. Pensar todo eso no impidió que notara su corazón acelerarse.
Clicó en la palabra en negrita para abrir el enlace y comenzó a leer en voz alta en cuanto se cargó la nueva página:
- Me cuesta más de lo que piensas escribirte este mensaje. Parece mentira que lleve escribiendo para ti desde hace casi un año, todas las noches sin excepción, para que tus recuerdos caigan en un olvido momentáneo mientras surcas “otros mares”. Sin duda, más de una vez te habrás preguntado por mi identidad, pero desestimaste la idea de ponerte en contacto conmigo por razones acertadas seguramente. No era el momento, simplemente. Y yo me sentía muy a gusto así. Pensando durante el día el cuento que te contaría por la noche, como si estuviera sentado en el borde de tu cama, y tu permanecieras escuchando durante unos minutos, con los ojos abiertos. Casi al final, caerías en un irremediable y, a la vez, el más buscado sueño. Unos sueños que fueron eso: fantasías y no redes en que se agolparan tus tristes y, una vez, actuales recuerdos. Sólo buscaba unos minutos del día en que no te atormentaras por lo sucedido.

Nata dejó de leer por unos segundos. Chocolate tenía que conocer la historia de su madre. Se estaba refiriendo a ello continuamente: el haber iniciado el blog justamente a su muerte, hacía casi un año como acababa de leer. ¡Qué ilusa cuando sólo se le ocurrió pensar que era una bonita casualidad!
Chocolate nunca había afirmado en el primer y único e-mail que le envió antes de la creación del blog cuál había sido la razón verdadera de aquella acción, pero en este nuevo correo, las cosas quedaban más claras.
Tenía que conocerla personalmente para saber el alcance de cómo le había afectado la marcha de su madre. No sólo, como había pensado en un principio, averiguar su apellido, el cual usaba ya como nombre de pila perpetuo.
- …por eso –continuó la lectura –te emplazo a que nos encontremos el próximo viernes. No podría aguantar más que nuestro único contacto sigan siendo unos simples caracteres informáticos, si bien es verdad que correctamente conjuntados pueden llegar a obrar milagros en forma de historias. El lugar y la hora vienen abajo indicadas, si te sientes con la suficiente fuerza como para conocerme por fin.
Nata tragó saliva para que su corazón no se colara a través del esófago para acabar fuera de ella y enfatizó especialmente las últimas dos palabras del correo:
- Te espero.



Cuando Seis explicó con ese énfasis dramático expuesto al final de toda su tragedia que quería morir porque se estaba muriendo, se produjo un segundo silencio intenso tal como el que me había acompañado hasta sentarme en el asiento destinado al número de mi máscara. Los demás estarían pensando quizá lo mismo que yo: podría ser la razón más convincente dentro de las que habíamos reunido en esa sala oscura aquella tarde.
Por eso el silencio sólo pudo ser resquebrajado por la misma persona sobre la que sobrevolaban nuestros pensamientos.
- Me ha venido a la mente una cuestión… -dijo dejando de mirar a la mesa, absorto él mismo en su historia, y escaneando cada una de las caras que le observaban, ahora que se había dado cuenta -¿Por qué formas tú parte del círculo? –tras unos segundos en que pareció que la pregunta había sido lanzada al aire, a todos nosotros sin excepción, Seis giró su cabeza hacia Uno.
Éste al principio se sorprendió pero después sonrió como si acabara de comprender algún imposible teorema matemático cuya solución estuviera dentro de su mismo nombre y agradeciera la astucia del autor.
- Bueno, yo, como todos ustedes, estoy sentado en esta mesa y atabiado con una máscara similar. Supongo que es justo que conozcan también mis razones aunque sean fáciles de explicar y de entender, bajo mi punto de vista, claro.
- O también –continuó Seis mezclando el sarcasmo con sus intenciones –porque voy a ser yo quien le mate. Y como usted mismo dijo: “Sólo por el hecho de que voy a ser yo quien va a matarle, podrías obviar cualquier otro motivo y simplemente empezar a hablar”
Admiré su memoria al recitar las mismas palabras que el anfitrión le había soltado minutos antes para instarle a contar su historia y reí para mí. Sólo que Seis pareció darse cuenta.
-Y podríamos ya seguir en orden ascendente, para no tener que buscar razones absurdas para comenzar a hablar –terminó, esta vez clavando su mirada en mí.
- Está bien, está bien… -Uno intentó empujar un pesado objeto con sus manos abiertas y los brazos alargando, como pidiendo calma a ninguna palabra alzada que se hubiera escuchado en aquel tétrico lugar y que no hubiera venido mal para que el acongojante mutismo continuara haciéndose con nuestros músculos impidiendo cualquier movimiento por nuestra parte -…pero ya le he dicho que mi razón únicamente es que todo salga como está planeado y que en el intento nadie salga perjudicado.
- Pero de eso puede asegurarse, digamos…desde fuera, ¿no? –argumenté yo.
Seis asintió como apoyando mi pregunta-opinión y volvió a esperar la contestación de Uno.
- Sí, es cierto. Pero por mucho que me asegurara de que todo saliera bien desde fuera como usted dice, número dos… -tragó saliva para seguir hablando -…seguiría estando por fuera de la legalidad el aceptar este suicidio colectivo. Si se descubriera de alguna manera, el que acabaría entre rejas por haberos ayudado a liberaros de esa presión que ahora os subyuga sería yo. Y tampoco estoy dispuesto a eso.
- ¿Me está diciendo que la única razón para morir esta tarde con nosotros es no someterse una vez acabado todo a la increíble fuerza de la justicia española? –bromeó Seis.
- Pues sí… -afirmó Uno sin darle importancia al tema.
- Pero si sólo quiere que todo salgo según lo planeado, ¿por qué no ha planteado otro final? –saltó desde el otro extremo de la mesa Cuatro –Quiero decir… ¿Por qué no ha pensado simplemente qué hacer después con nuestros cadáveres? Ya nos dijo previamente cuando llamamos por el anuncio que no comentáramos nuestras intenciones de venir aquí…
- ¿Saben lo complicado que es ocultar cinco cuerpos? La verdad que he estudiado todo lo habido y por haber… -noté que Uno comenzaba a sudar a mi izquierda mientras intentaba explicarse.
- Pero se nota que tiene dinero… -habló ahora Tres, a mi derecha –Sólo hay que ver este caserón…
- Sólo me cabe decir que esto es lo único que se me ha ocurrido para que todo fuera a la perfección, para cerrar el círculo, para que consiguieran su objetivo… -volvió a intentarlo.
Seis giró la cabeza hacia el otro lado, como si no creyera nada.
- Bueno, si prefieren, damos por concluida la reunión y aquí no ha pasado nada –Uno hizo ademán de levantarse pero Seis se lo impidió.
- No hay que tomar decisiones drásticas a la primera. No es que no me lo crea, pero, sinceramente, no podrá rebatirme que si terminamos ahora de contar cada uno la historia que nos ha traído aquí, la suya será la que más coja quede. No confío en que exista en el mundo un artífice de tal bondad.
Uno se revolvió en la silla para después, como si todo aquel ataque contra sus intenciones hubiera acabado en prórroga y dispusiera de la ocasión única de rematar el gol de oro, contestar a Seis.
- ¿Y yo tengo que confiar en esa masa que tiene en el cerebro según usted y que no está aquí por otra cuestión? –disparó.
Seis abrió la boca para rebatir el golpe pero pensó que en aquella batalla o empataba –y pensaba como yo, que Uno podría tener sus ases escondidos debajo del infinito tablero de madera plagado de botones automáticos. Total, el único resultado que nos contentaría, fuese cual fuese la razón primera del anfitrión, era acabar muertos una vez dieran las seis –o tenía todas las de perder.
- Touché –admitió sonriendo y posando a continuación de nuevo su mirada en mi máscara –Entonces le toca a Dos contar su porqué.
De pronto me vi observado por cinco caballeros negros de la orden de Venecia sonrientes, aunque por dentro sólo se mostraran expectantes, no felices. Incluso algo nerviosos, por lo menos los más cercanos a mi lado derecho, los cuales comenzarían a explicar sus razones una vez yo hubiera terminado.
Me di cuenta entonces de la presión de hablar en aquellos términos: aquella sala oscura, aquellos homónimos personajes, a los que un hilo negro a punto de ser cortado mediante una bala estratégicamente colocada me unía. Aunque sólo fuera por eso, comencé a describir mis pormenores siguiendo el modelo que había creado el doctor Escalante –irónico apellido para una carrera como la médica, en la que la malsana competitividad tiene que estar ligada sin excusas a la misma –y que no había continuado Uno sólo por alguna razón que él conocía…

<< Mi nombre es Emilio Castañer y una vez –para la historia hace milésimas de segundo de ello, para mis allegados fue ayer pero yo ya no recuerdo cuando comencé a caer –fui famoso… >>

- No se lo tome a mal –me interrumpió Tres posando su mano sobre mi brazo derecho como otorgándome un consuelo que no le había pedido –Pero es difícil poder reconocer a un famoso sin verle la cara, ya que es la que más familiar nos podría resultar.
Aparté mi brazo de su alcance y continué.

<< No soy ese tipo de famoso. Con los dedos de las manos puedo contar las veces que alguien me ha parado por la calle para pedirme un autógrafo. Siquiera habré firmado un centenar de ellos aún en actos reconocidos. Todavía la gente no se pone de acuerdo en si mi profesión puede ser considerada como la de deportista. La verdad es que los músculos que utilizo para mi deporte son mínimos, aunque las estrategias son fundamentales; y básicamente, por el tiempo que paso entrenando y compitiendo, mi vida transcurre sentado en una silla parecida a en la que me encuentro. El sudor es otro cantar: he acabado partidas bañado en él, cambiándome de camisa en cuanto el adversario me daba una tregua moviendo únicamente algún peón, y el olor que me acompañaba durante horas aún duchándome era insoportable para todos los que aguantaban a mi lado esos campeonatos interminables.
La verdad es que se lo debo todo al ajedrez. Recuerdo con ternura la primera vez que mi padre me sentó frente a un tablero y me obligó a no levantarme hasta que el rey contrario descansara tirado entre una casilla blanca y otra negra.
Al principio competía a nivel escolar; en mi colegio se organizaban torneos cada semestre y se repartían los típicos trofeos relucientes que se torcían en cuanto los mordías. Ni mucho menos comencé ganándolos todos: quizá ganaba el campeonato de invierno para después perder estrepitosamente en las primeras rondas del torneo de verano. Al año siguiente, escarmentado por los meses de castigo –impuestos por mi padre –en mi habitación, con la única compañía que mis piezas de madera, quizá ganaba un par de veces seguidos la copa, y después volvía a las andadas.
Mi padre siempre dijo que mi verdadero despuntar llegó con los campeonatos interescolares. A los mismos llegaban ojeadores de todo el país y quedaron por lo visto impresionados con mi técnica –una palabra curiosa utilizada para un mérito completamente cerebral. En aquel momento, lo ganaba casi todo. Las partidas me resultaban a veces incluso aburridas. Pero las estrategias que llevaba puliendo junto a mi padre durante esos primeros años eran infalibles en la mayoría de las ocasiones –en las demás, el fallo no era otro que mío, cosa que mi padre se empeñaba en recordarme durante los meses siguientes en el momento en que me veía despegar los ojos del tablero de juego.
Nunca 64 casillas significaron tanto para mí.
Ingresé en una asociación de ajedrecistas profesional de la capital y más o menos a la par se inició mi andadura brillante. Llegué a convertirme en el número mundial tan pronto que no me dio tiempo a digerir el éxito. Era tan joven entonces.
Recuerdo perfectamente los dos sonidos bien distintos que se sucedían como término de todas las partidas que jugaba en aquella época. El primero producido por mí mismo y el segundo por mi contricante anónimo –ya no me importaba la persona con la que me enfrentaba, su nombre, si acaso su nacionalidad. En los últimos tiempos, ni eso –que con un desganado movimiento empujaba con sus dedos a su rey, para que yaciera en el suelo como una perfecta metáfora del resultado final de la partida.
Dos palabras mágicas y el choque de madera contra madera resonando en mis oídos para la eternidad.
Jaque mate. La pieza más alta del ejército cayendo. Pom.
Jaque mate. Pom.
Jaque mate. Pom
Pom. Pom. Pom.
Las revistas entendidas me tildaban de genio. Había conseguido ganar en una mínima brecha de tiempo a todos los campeones nacionales de los países con más tradición ajedrecística del mundo. Me auguraban un futuro plácido en que los talonarios de los distintos concursos se sucederían a los jaques.
Diez años de gloria que se perpetuaban entre sí y que no parecían tener fin. Hasta aquel 12 de Abril.
Supe que era rusa tiempo después, ni siquiera una vez dada por terminada la partida. Llevé a cabo la estrategia elegida expresamente para la ocasión como siempre; ese día tocaba la número ciento treinta y tres. Teniendo en mi cabeza más de trescientas me daba el respaldo de poder usar cada día una diferente; así mis contrincantes no podían estudiarme totalmente nunca, no sabían por donde les iba a salir esa tarde. A él le quedaban únicamente tres piezas y mi último movimiento fue el estipulado de antemano.
- Jaque mate –dije serenamente mirando por primera vez en todo el juego a su cara. Me vi reflejado en sus lupas y esperé paciente a escuchar el “pom” sobre el tablero. Sonreí.
- Un momento –dijo la chiquilla moviendo el rey a su casilla aledaña –Ya está.
- ¿Cómo que ya está? –dije sin observar el tablero. Todavía esperaba el sonido del rey chocando contra el suelo.
- Que ya he movido, señor –me espetó con su voz aflautada. Era muy joven para haber llegado a la final. Me recordó en parte a mí –No era mate.
- ¿Qué…? –volví a clavar mi vista en las casillas de colores contrarios. Sus tres piezas blancas seguían intactas sobre las mismas, sólo que el rey se había movido hacia la derecha lo justo para que mi jaque no fuera imposible de regatear.
Recordé la estrategia ciento treinta y tres. Aquella posibilidad estaba contemplada. Sólo me quedaba hacer un último moviemiento con el alfil para encerrar para siempre al monarca.
Alcé la mano para coger el alfil. No estaba allí.
- ¿Dónde está el alfil…? –me apresuré.
- ¿Su alfil? –escuché desde el otro lado de la mesa. Comenzaba a martillearme los tímpanos aquel timbre infantil –Se lo he comido hace más de cien movimientos.
- ¿Cómo…?
En ese instante, una mano abierta cruzó el tablero para llegar hasta mí.
- ¿Tablas? –sonrió la niña mirándome.
Me quedé perplejo observándola. No podía creerme lo que la mocosa aquella me ofrecía. Rechacé su mano mediante un tortazo en su dorso y ejecuté un nuevo movimiento. Pocas eran las fichas que me quedaban contra ella, si acaso un par más.
Noté entonces que la muchacha se había levantado para estrecharme la mano, y al verme continuar se volvió a sentar casi compungida.
Se sucedieron movimientos inteligentes por mi parte y automáticos por la suya. Rey a la derecha, rey a la izquierda. Incluso, rey hacia abajo. Y vuelta a empezar.
- No puede ser… -susurré para mí. Llevaba ya incontables anotaciones en mi libreta después de aquel primer intento de victoria. Ninguna me había valido para repetir la situación.
- Señor Castañer… -murmuró la joven al comprobar que seguían sin darme cuenta del resultado final que había augurado una hora antes.
- ¡Cállate! –le espeté antes de probar una vez más con el caballo. Ni me acordaba ya de las veces que había intentado colocarlo más cerca del rey.
Dos horas después mi caballo seguía intentando galopar hacia el rey. Un camino sin salida del que toda la sala se había dado cuenta menos yo. Al final, las tablas fueron impuestas por el responsable del torneo.
- Lo siento mucho, señor Castañer, pero la partida tiene que terminar en tablas. No hay otra opción.
Moví una vez más otra pieza. De verdad que no había escuchado ni una palabra en boca de aquel señor.
- Señor Castañer, por favor… -se disculpó de nuevo, mientras la chiquilla le miraba sin saber si contestar a mi nueva ofensiva. Entonces noté cómo la sombra que continuaba a mi diestra intentaba llevarse el cronómetro de mesa.
- ¡¡Estése quieto!! –grité sin pensármelo dos veces, y arremetí contra su brazo, arrebatándole el reloj para volver a colocarlo sobre la mesa.
Por el arrebato, las piezas finales que continuaban de pie sobre el tablero –y que habían provocado todo aquello –se fueron al suelo estrepitosamente. Sólo pude observar su caída para después fijarme en los ojos de la joven, de mi contrincante.
Despedía miedo por todos los poros de su piel.
>>

- ¿La chica se convirtió en una gran promesa después de aquello? –me cortó la chica con la V en la frente. Me sentó mal que se interesara por su historia más que por la mía.

<< Después de esa noche, nunca más volví a ganar ninguna de las pocas partidas que jugué. Acababan como mucho igual que la última: en un enfado contra mi ego, firmando unas tablas que para mí siempre fueron peor que perder. La niña a la que me enfrenté es ya la primera mujer que llega hasta el número uno en las listas internacionales, y lo alcanzó antes de aquel muchacho llamado Castañer del que hoy nadie ya se acuerda.
No tardé mucho más en dejar por completo las competiciones y el juego que me había dado todo en mi vida. Me sumergí en mí mismo, la soledad de mi caserón e intenté lo que hoy he venido a hacer aquí.
Sobre una enorme alfombra que cubría casi hasta el último rincón del gigantesco salón coloqué una silla solitaria y me subí a ella. Lancé el extremo de una soga hacia arriba para que pasara a través de una viga de madera y até el otro cabo a una anilla que colgaba expresamente del mismo techo, a una distancia exacta para mi fin. Construí gracias a varios nudos en el primer extremo un anillo de soga en que cupiese mi cabeza y me subí a la silla.
Cuando fui a dejarme caer sobre la alfombra, despidiéndome de la silla, me fijé en el precioso tapiz que había escogido para aquella habitación años atrás. La alfombra dibujaba perfectamente las sesenta y cuatro casillas de un tablero de ajedrez, con sus correspondientes fichas de colores blanco y negro colocadas en sus respectivos recuadros. Si me dejaba caer en ese momento habría muerto sobre mi propio tablero de juego, y en el momento en que la asistenta volviera a casa después del fin de semana que le había dado de descanso y se encontrara con lo sucedido, llamaría a la policía. Éstos, sin cuidado, cortarían la cuerda y mi peso muerto caería sobre la alfombra, sobre el tablero.
Jaque mate. Pom.
Me di cuenta que no era eso lo que quería. O que no tenía fuerzas para hacerlo de aquella forma.
Deshice el collar recién formado para la causa y me bajé de la silla. Me acerqué a una mesa cercana para coger el periódico del día y no evocar por tanto los pensamientos de muerte que me martilleaban cada vez más fuerte. Salté directamente a la página de contactos: obviamente las trágicas noticias de un periódico nacional no iban a salvarme así como así de mis ideas. Una mujer previo pago sí podía hacerlo. Entonces leí el anuncio: Dibuja tu Game Over.
Pensé que el juego en que se había convertido mi vida desde el primer momento en que mi padre me obligó a coger aquel alfil de madera y me enseñóa moverlo de manera oblicua sólo podía acabar con aquellas palabras.
>>

- ¿Me estás diciendo que tú quiere suicidarte porque perdiste una partida de ajedrez? –pareció enojarse el médico.
Me sorprendí que no comprendiera mi situación y no respondí. Para él, fue una afirmación.
- ¡Esto es absurdo! –gritó el doctor Escalante a continuación.
- No lo crea, doctor –me defendió Uno –Existe un tipo de suicidio denominado perfeccionista. Se dice de ellos que no toleran una disminución de su belleza, o de sus atributos o resultados. Cualquier defecto o defecto social o monetaria con su persona, así como la pérdida del prestigio –que para mí es lo que le ocurrió al señor Castañer –puede desembocar en ese deseo de acabar con su vida.
- ¡¡ Pero somos gilipollas o qué!! –de repente el médico, Seis, se levantó de la silla –¡No eres capaz de reponerte de una simple partida de un juego tan estúpido como el ajedrez!
Yo no sabía a dónde mirar. Me sentía realmente observado e intimidado. Entonces, la máscara con el VI a la cabeza llevó su mano hasta el estuche de cristal de su lado de la mesa. Levantó sin problemas la tapa y extrajo el revólver para apuntarme directamente con él.
- ¡¡Número Seis!! –gritó sobresaltado Uno -¿Pero qué hace?
Instintivamente me levanté de mi silla. Noté más pesada que nunca la máscara negra que portaba, y retrocedí unos pasos. Me intentaba alejar de un cañón que se había vuelto a poner a la altura de mi frente una vez me hube aupado.
- Eres la persona más débil que nunca me he echado a la cara –habló seriamente contra mí, poniendo al descubierto quizá los pensamientos que le habían corrompido al tiempo que nos desvelaba su historia.
Como si fuera lo último que quisiera descubrir en mi vida, me fijé en su estuche de cristal. Un chicle de color blanco permanecía pegado en una de las esquinas del mismo. No es que se lo hubiera tragado como inicialmente pensé por el congojo de su relato. Lo tenía todo planeado para que su revólver estuviera todo el rato a su total alcance.
Para cometer lo que iba a hacer.
Sólo recuerdo una última palabra de su boca.
- ¡Débil!
Luego, el sonido infinito de la explosión de la bala en el interior de la pistola y una inconmensurable presión sobre mi frente. La bala había dado de lleno.
Siempre me pregunté cómo sería la transición hacia la muerte. En mi caso, los sonidos de mis últimos segundos se agolparon. Y en cuanto a lo que pude ver difícilmente a través de la máscara se sucedió tán rápido que pronto se convirtió en un color sólo.
Negro.

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