domingo, 8 de junio de 2008

Rew (by Din)

- Sí que sois rápidos… -dijo al abrir la puerta a la vez que se daba la vuelta. La cartera estaba en la cómoda de su cuarto –Puede dejar la pizza encima de esa mesa –hizo ademán de alzar la voz para que se le escuchara desde allí. Agarró rápidamente el dinero y salió de nuevo al salón -¿Cuánto era…?
Un chico de unos veintitantos años permanecía de pie al lado de la puerta. No había pizza alguna. Sí una pistola apuntándole directamente.
- ¿Pero qué…?
El chico elevó un poco más el arma, como amenazando en silencio a disparar. No le había reconocido, creía.
- ¿Quién coño…?
Exacto.
El primer disparo le alcanzó directamente en la frente. En todo el centro, como en las películas. Él nunca había practicado tiro, ni era policía, ni nada por el estilo. El caso es que le dio de lleno. Una mancha de color rojo apareció súbitamente en la pared que se encontraba detrás del hombre, formando un dibujo típico de impacto. Las monedas que llevaba en la mano cayeron al suelo, produciendo un ruido metálico a su rebote contra el parquet. Antes de que se le pudieran doblar las piernas y acompañara el destino del dinero, el chico apretó de nuevo el gatillo. Ésta vez apuntó más abajo.
Justamente a los huevos.
La primera bala ya le había dejado sin la función fónica con lo que como consecuencia del segundo disparo no se produjo ningún grito de dolor. El tercero se dirigió al pecho.
El tercer casquillo sonó en la madera de una forma muy similar a como lo habían hecho las monedas.
Aún no estaba seguro de que hubiera sido suficiente.

<< Rewind

El casquillo se elevó desde el suelo de madera entrecruzada y se introdujo en la parte posterior de la pistola. A la vez, la sangre que salía a presión del pecho del hombre que se encontraba todavía en el suelo fue introduciéndose en la herida. Acto seguido, la bala grisácea salió a gran velocidad de entre el maltrecho tejido conjuntivo, reparando a su paso el músculo pectoral y la piel, y se dirigió a la punta del arma. Dentro de la misma, el casquillo y el proyectil se hicieron uno.
En ese instante, las rodillas del hombre se separaron del suelo, flexiónandose primero, como en vida, para levantarse antigravitatoriamente, y estirándose después para aguantar su peso en bipedestación. La segunda bala salió de su paquete. El líquido seminal también se coló al interior de su cavidad original. Cinco monedas plateadas volvieron desde la madera hasta la mano del hombre anónimo, que respondió al reflejo propioceptivo cerrando el puño, al tiempo que se borraba la mancha fúnebre de sangre dibujada en la pared. El tercer proyectil acompañó a la sangre, saliendo de entre los ladrillos de la pared, y recorrió el cráneo del hombre en toda su longitud para salir por el entrecejo, recomponiendo así su anatomía completa.

Forward x2 >>>

Tres disparos más se efectuaron en aquella habitación. El chico se había acercado ya al cuerpo sin vida del hombre, que yacía en el suelo con un agujero redondo en el lado izquierdo de la camisa, del que manaba un gran chorro de sangre granate. Vació el cargador de manera casi impasible, recibiendo alguna gota en su propia cara.
Parecía que a él no le había parecido suficiente.

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Su dedo índice se separó del timbre de la puerta. Resopló hacia dentro y se metió la pistola como un profesional entre su pantalón y su espalda. Sintió el frío de la culata en su piel.

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- Un paquete de Morley’s, por favor – pidió amablemente al dependiente del interior del kiosko. Pagó con un billete de cinco euros y le pidió que se quedara con el cambio.
- Gracias, chico –dijo desde el interior el quiosquero. Le sonaba la cara de algo.
Comenzó a caminar hacia el número ocho de la calle, y desprecintó el tabaco. Extrajo un cigarrillo y se lo llevó a la boca.
Se dio la vuelta para pedir fuego a la chica con la que acababa de cruzarse.
- Sí, claro –le respondió ella. Metió la mano en su infinito bolso y a la primera sacó un mechero de color amarillo.
El chico se quitó el cigarro de la boca por un momento. Lo volvió a pensar y se lo llevó de nuevo a los labios. Después, se inclinó hacia el fuego que ya salía del mechero.
- Tienes que aspirar un poco para que prenda bien –le dijo la chica extrañada.
- ¿Qué? –preguntó sin querer –Ah, sí, sí… -y comenzó a intentar sorber de aquella pajita tóxica. La punta del cigarrillo se volvió de color naranja vivo –Gracias…
Se dio la vuelta, y empezó a toser violentamente. El humo le salía tanto por la nariz como por la boca. Aún así, intentó dar lo que sería la segunda calada de su vida.
Una nueva tos.
Llegó al número ocho y se paró en seco. Una mujer que portaba dos bolsas de la compra le ofreció sostenerle la puerta para que pasase. Tras unos segundos de parálisis, negó sólo con la cabeza. Se apoyó en la pared contigua al portal y sintió la presión de la pistola en su rabadilla.
Estaba sudando, y las marcas en las axilas de su camiseta así lo confirmaban. Se enjugó la frente con la mano y miró instintivamente hacia su destino: los pisos superiores. No se sentía con la fuerza suficiente para traspasar ese portal, subir las escaleras hasta reconocer un apellido en alguna placa dorada, apretar el gatillo llegada la ocasión.
Imágenes corrían por su mente. El video paró en un fotograma que ahora llevaba entre sus dedos. Miró el cigarro encendido. Morley’s.
Se levantó la camiseta lentamente y vislumbró múltiples cicatrices circulares alrededor de su desnudo ombligo. Era preciso hacerlo, volver a sentir aquello. Así, se llevó la punta del cigarrillo a la piel y apretó con todas sus fuerzas. Humo saliendo de su cuerpo.
Contuvo la respiración y ni siquiera gritó. Acto seguido, afortunado porque la puerta no se había cerrado del otro por un fallo en el mecanismo, penetró con decisión en el portal.

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Pensando en el pasado, subió las escaleras de la parada de metro Mar de Cristal y pensó en dirigirse hacia el kiosko de su infancia. Allí siempre compró sus cromos de fútbol, sus golosinas, los periódicos para su padre. También el tabaco…

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Bajó las escaleras para internarse en el subsuelo de Madrid. Era la mejor forma de llegar cuanto antes a su antiguo barrio. Aunque fuera a convertirse en una sucesión infinita de recuerdos: visiones, olores, caras conocidas… no tenía gana alguna de volver allí. Si se fueron aquella vez, sería por algo.
Su furia contenida iba amainando mientras tanto.
Empujó la puerta denominada "Facil de abrir" –para algunos, pensó –y paseó hacia los tornos. Alzó mínimamente la tarjeta roja que mostraba su nombre –Antonio Montero –y su cara, junto con el código de barras hacia la superficie de plástico, y el artilugio le mostró la palabra "Pase" en color amarillo.
Si hubiera sabido hacia donde se dirigía y para qué, los tornos se lo hubieran pensado dos veces. O una.

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Dio un portazo que hizo temblar las paredes de todo el edificio. Tenía claro –ahora más que nunca –lo que iba a hacer.

<< Rewind

La puerta se abrió hacia dentro, y Toni entró de espaldas en su actual apartamento. La cerró delante de sí, y paró en seco después de pensar si cerrarla. Como si fuera la decisión más importante de su vida el descruzar ese umbral.
Anduvo hacia atrás hasta entrar en su habitación. Sacó con sumo cuidado la pistola de la parte trasera de sus vaqueros, y la miró unos segundos entre sus manos. Pasó su mano sobre el cañón, sabiendo que era muy peligroso tener eso en casa. Pero era la mejor compra que había realizado en su día. Se giró hacia la mesilla, e introdujo el arma en el primer cajón, el cual se encontraba ya abierto. A continuación, agarró el pomo del mismo y lo cerró.
Fue de espaldas hasta el salón, secándose unas lágrimas que habían aparecido extrañamente surcando sus dos mejillas. Las pequeñas gotas recorrían el camino inverso, de abajo a arriba. Unos trozos de madera y mimbre se unieron después de tocar una pared para formar una perfecta silla. Los brazos de Toni la dejaron en el suelo mientras profería un grito de dolor. De la misma manera, las hojas del periódico del día volvían desde el suelo hasta sus manos, al tiempo que aposentaba su culo en el sillón. De su estado arrugado e inicial en los fríos azulejos al interior de su puño izquierdo. Abrió el puño y las hojas se alisaron mágicamente hasta formar las partes centrales del diario.
Llevó sus ojos hasta la fotografía que aparecía en el centro, que poco a poco iban desnublándose, a medida que las lágrimas se internaban en sus ojos, a cada lado de su respingona nariz.
- !atup ed ojiH¡ –parecieron decir sus labios.
En la fotografía aparecía un hombre esposado, con un viejo jersey por encima de la cabeza, y las manos por encima de ella. Como si se avergonzara de lo que llevaba haciendo desde hacía años. Nada más lejos.
Toni desleyó el titular de la noticia en su mente:
Sale de la cárcel el pederasta de Mar de Cristal, Antonio Montero
. Su semblante pasó de una seriedad tenebrosa, abrumadora, cuando pasó a la sección de deportes –la primera que siempre leía –a una simple sonrisa.
Más ancha de lo normal. Como si estuviera viendo, pulsando el botón de Adelante del mando a distancia de su vida, cómo iba a acabar todo.


Nata apagó el ordenador abrumada por el intento de comprender cómo se unían todos los hilos que Chocolate había trenzado para ella aquella noche. Incluso había olvidado la verdadera razón por la que se había conectado esa noche.
No sólo quería leer el cuento de antes de dormir. Estaba dispuesta a comenzar sus pesquisas por descubrir la verdadera identidad de Chocolate. Pero después de eso, había perdido las fuerzas. Sólo quería meterse entre sus sábanas y pensar en cómo considerar las acciones según sus fines.
No lo tenía del todo claro, aunque el final no le había disgustado del todo. ¿O era el principio?

1 comentario:

ele dijo...

q wena din...
quien continua??? vamos xicosss! esos nuevos contribuyentes demostrad vuestro arteee!


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