viernes, 30 de mayo de 2008

Y comienza el cuento... (by Din)

Se encontraba de nuevo allí, parada, frente al mar, contemplando cómo las olas rompían una y otra vez contra las rudas rocas. El mundo seguía girando pero ella vivía en un estado inmóvil permanente. Por lo menos vivía, se decía a sí misma.

O quizás fuera al contrario y la causa de todo fuera que el mundo seguía girando. Las olas seguían rompiendo todas las tardes, y ella seguía efectuando el mismo ritual. Las barcas de pescadores no eran siempre las mismas. A lo mejor alguna se repetía, pero estaba en una posición con respecto a ella diferente al día anterior. Era algo casi imprescindible: si recoges todos los mejillones posibles de una determinada roca, sita en un punto concreto del océano, no esperes encontrar más mejillones en la misma roca al día siguiente.
Más bien, era lógico. Como su ritual.

Miró el reloj y pensó que si tardaba más de la cuenta se iba a hacer demasiado de noche para volver por aquellas carreteruchas de segunda intención que llegaban hasta la ciudad. Si por ella fuera, compraría una pequeña casa en aquel pequeño pueblo pesquero; así no se tendría que preocupar todas las tardes de volver a aquel pequeño paseo marítimo. Era realmente lo que disfrutaba del día, esos minutos reflejándose en el mar, viendo como todo cambiaba a su alrededor –más despacio o más deprisa –pero ella seguía igual. Si acaso, más inconfortable.

Introdujo su mano en el bolsillo de su largo abrigo, rojo como el fuego. Contrapunto perfecto para aquel lugar de color azul marino. Sacó una moneda, y tras un pensamiento sentido –directamente de dentro –a la vez que fugaz, la arrojó al agua. En un segundo, la moneda desapareció de la superficie y se imaginó su resplandor en el fondo. A modo de despedida. Luego, dio media vuelta y se metió en el coche, aparcado a escasos metros de esa especie de balcón personal desde el que contemplaba “el giro”. Arrancó y se perdió en la lejanía.


Tres días después, el coche de aquella señora no había vuelto a aparecer por la carretera comarcal que conectaba con la ciudad. Todo era muy extraño. No había faltado a su cita con el mar desde hacía más de un año; siempre a la misma hora, siempre los mismos gestos, los mismos susurros para/con el mar. Y en tres días, aquel pescador no había vuelto a verla.

Sin ningún mejillón a bordo, por quedarse ensimismado esperando encontrar cambios en el horizonte, dirigió la barca hacia el muelle. La ató con esmero a uno de los palos de madera que sobresalían de la estructura y caminó hacia el paseo marítimo. Llegó al punto en que normalmente a esa hora se encontraba el coche de la mujer. Se acercó al balcón y contempló su vida desde allí durante unos minutos.

Luego, con razón o sin ella, sacó su monedero metálico de un viejo zurrón, lo abrió y escogió al azar una moneda. Acto seguido, la arrojó hacia el agua, perdiéndose entre la fina espuma de la brava mar.

- ¿Usted también cree en la leyenda? –escuchó una suave voz a su espalda. Mientras, un largo abrigo de color vivo, había alcanzado su posición y se había colocado a su izquierda, sin dejar de mirar al frente.

- ¿Qué leyenda, señora? –respondió. La miró esperando que volviera a hablar. Había sido seguramente realmente bella de joven. Ahora, las ojeras lo decían todo de ella. Y la palidez de una piel que algún día había brillado.

- Hace ya algún tiempo, comencé a venir todas las tardes a este lugar. No sé cómo se me ocurrió, pero en una de aquellas primeras ocasiones, arrojé una moneda al mar, pidiéndole que me otorgara el privilegio de volver a visitarlo al día siguiente. Que me diera sólo veinticuatro horas más.

El pescador vio como se llevaba la mano con dificultad a su bolsillo rojo. Temblaba, quizá por el frío, pero al final consiguió sacar otra moneda. Elevó su brazo hacia el cielo, y la manga de su abrigo descendió lo suficiente para dejarla realizar el movimiento. También descubrió lo que parecía una vía de tres pasos en su muñeca.

La moneda voló por los aires hasta chocar contra las olas.
- Aún no puedo explicar porqué he venido esta tarde. Está claro que la leyenda no es cierta, porque llevo tres días –tosió fuertemente durante unos segundos –sin poder venir a tirar mi moneda, y aquí sigo.
El pescador la miró con dulzura.

- Quizá no haga falta que sea usted quien tire la moneda. Las leyendas tienen mucha fuerza, señora. Sólo hace falta que alguien, aún siendo un desconocido, haya preservado su ritual todas estas tardes en que su coche no aparecía por el horizonte –la contestó sonriendo.

La mujer giró por primera vez la cabeza hacia el pescador, quien era ahora quien contemplaba impasible el movimiento de las aguas, y del mundo. Quizá el mundo siga girando, pero yo no esté tan parada frente al mar como creía, pensó.

Una nueva ola chocó violentamente contra las rocas, a la vez que una fina lluvia empezaba a salpicar su abrigo rojo, intentando quitarle color. Cosa que nunca conseguiría por mucho que el mundo y las nubes siguieran girando...


- Publicado por Chocolate –leyó en voz alta antes de apagar el ordenador.
Se dio cuenta de que ya eran las once y media de la noche, y todo se mantenía en silencio en su casa. Era hora ya de irse a dormir.

Aquella noche tampoco había faltado a la cita. Desde el primer mensaje que recibió en su bandeja de entrada, aquel primer contacto con Chocolate –su apodo en la red de redes –todas las noches leía durante unos minutos, que no le suponían nada, una nueva historia escrita por su anónimo “amigo”.

<< Pequeños cuentos para irse a dormir >> recordaba cómo los había denominado aquella primera vez Chocolate. Pensó que algún día sentiría la curiosidad suficiente como para intentar averiguar quién se escondía detrás de ese nombre dulce. No era una casualidad después de todo.

Todos la llamaban Nata, aunque fuera únicamente su apellido. Y eso que las galletas rellenas de nata, con dos cubiertas –una a cada lado –de chocolate negro, no eran sus preferidas.

Pensó por un momento qué historia podría depararle Chocolate a la noche siguiente y casi instantáneamente, se quedó dormida.

Mañana sería otro día

1 comentario:

ele dijo...

din preciosososososos...... :)


Soñadores